Caos

Nacho Márquez Salas
Asamblea Hinchas Azules

Ciertamente no hay que ser un erudito en el deporte rey para darse cuenta del desorden y la falta de ideas que priman en la Universidad de Chile. Un plantel medianamente armado fue desmantelado (sin una visión futbolística confirmada) para empezar a suplir las posiciones que quedaron descubiertas. Lo malo es que la confección del plantel nuevamente fue llevada a cabo sin ningún proyecto ni metas claras. Luis Roggiero, quien llegó sindicado como “el arquitecto” de la U, arribó a su nueva oficina sin conocer una pizca de historia ni de mística, pero declarando, como lo hacen todos, con esa grandilocuencia finamente estudiada y memorizada, y que puede embelesar a varios. Si algunos hasta le llamaban “Papi Roggiero” en redes sociales y le suplicaban que les “manejara la vida”. Lo primero que hizo fue ratificar al director técnico que, después de haber encontrado la brújula con dos hombres en punta, volvió sorpresiva e injustificadamente al esquema de tres delanteros, perdiendo definitivamente a Pablo Aránguiz, esclavizando a Joaquín Larrivey y, como si fuera poco, abandonando las bondades de Nahuel Luján, única pieza capaz de desequilibrar hacia adelante. 

En cuanto al recambio de nombres, se borró entre otros al ya mencionado Larrivey, al hombre de mayor jerarquía en la línea defensiva (Ramón Arias) y al mediocampista que más corría en un desordenado cuadrado central (Sebastián Galani). ¿Quiénes quedaron? Jose María Carrasco, central boliviano que no suma mayor experiencia salvo los encuentros internacionales que ha disputado (y mayoritariamente perdido) su selección. Camilo Moya, quien parece empecinado en ganar el premio del anti fair play, sumado a la recontratación de un Felipe Seymour que ya había salido del club por no lograr los rendimientos esperados. La inclusión de un renacido Felipe Gallegos, cuyo periplo por Europa y México lo ha hecho devenir en un atribulado mediocampista y que más encima carga con el peso simbólico de la jineta de capitán. Simbólico porque se ve, pero no se siente. Y mientras cierro los ojos y veo el lienzo de “Respeten la cantera”, me pregunto (y creo que no soy el único) ¿cuál cantera? Cristóbal Campos espera su oportunidad mientras Hernán Galíndez (que dicho sea de paso está ad portas de jugar un mundial) va repartiendo dudas y certezas. Simón Contreras ha sufrido una modificación en su estructura futbolística, subido al primer equipo fue “reinventado” como lateral. 

Cuando uno googlea el nombre de este gerente deportivo, se encuentra con epítetos como “trabajólico”, “estudioso”, entre otros, pero ninguno de ellos parece haber rendido frutos en su actual gestión, la que inició en septiembre pasado. La U juega de la misma manera desde el año 2016 cuando Sebastián Beccacece interrumpió el proceso de Martín Lasarte despidiendo jugadores a diestra y siniestra. Si usted no recuerda, yo le refresco la memoria: Rubén Farfán, Mathias Corujo, Ricardo Guzmán Pereira, Leandro Benegas (quien volviera a vestirse de azul), Renato González y José Rojas, entre otros. Parece que la historia se repitiera una y otra vez mientras los dirigentes descansan sobre la infinita paciencia que los hinchas le tienen a un equipo que cada vez les da menos. Y no se trata de clamar por trofeos y campañas memorables, sino que al leer comentarios del tipo “ganen o me daño”; “páguenme el psicólogo”; o ver la inevitable humillación recibida cada año en Pedreros, resulta indispensable cuestionarse si realmente merece la pena seguir dedicando incondicionalidad a quien (o quienes) no son capaces de cuestionarse a sí mismos. Cuando le pagamos la entrada a PuntoTicket también engordamos los bolsillos de la concesionaria. 

Ya comienzan a aflorar los rumores de despido de Santiago Escobar, compatriota de “Papi Roggiero”, lo que deja más en claro que en la U todo es caos, aunque todos los defensores del gerente exijan paciencia. La pregunta es: ¿cuánta más?

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