La eterna vuelta de la violencia en los estadios

Jorge Salvador

Un tema recurrente en los estadios nacionales es la violencia presente en el fútbol, un problema que se ha agudizado en todo el mundo. Tras la pandemia de COVID-19, vivimos en sociedades más violentas, cuestión reafirmada por distintos indicadores: aumento de delitos violentos y crisis generalizada de salud mental.

El deporte reúne varios elementos que nos definen como sociedad o como grupo social y, naturalmente, uno tan masivo y transversal como el fútbol presenta los principales conflictos que vivimos, como la desigualdad estructural, el racismo, machismo, la xenofobia y, por supuesto, la mercantilización de la vida.

¿Cómo se soluciona la violencia en los estadios? Esa es la pregunta que se han hecho distintas autoridades a lo largo de la historia nacional. Desde la Ley de Violencia en los Estadios, estos intentos han sostenido una política enfocada en la persecución de un prototipo específico de perpetrador de esta violencia: personas de los los sectores de menos ingresos, varones y menores de treinta y cinco años, misma población que representa más o menos el 80% de la población penal.

Así como es de cierto que en Chile se encarcela la pobreza, también es verdadero que sólo se persigue en el estadio a quien va a la galería, sin reflexionar en lo perjudicial y dañino que resultan para el deporte otros grupos ligados a él como, por ejemplo, el periodismo deportivo (local y global), hegemonizado por varones que literalmente reproducen todas las conductas violentas que dicen condenar.

Recientemente ha tomado vuelo una perspectiva que, sin ser nueva,  ha cuestionado estos enfoques clásicos y punitivos de entender la violencia ligada al deporte. Hablamos del llamado “barrismo social” o “neobarrismo”, el que reflexiona sobre la capacidad de agencia política de las barras tanto en espacios políticos como deportivos. Sin embargo, no ha tenido la fuerza para impugnar el sistema de política criminal de ‘Estadio seguro’ ni de dar respuestas a eventos terribles que son indeseables dentro de un recinto deportivo.

El torneo nacional comenzó y, transcurridos algunos partidos, ya hemos sido testigos de episodios violentos, de los que evidentemente debemos propender a comprender sus causas. Esto no implica que no podamos igualmente asumir estos hechos como un problema, uno que no sólo involucra a las policías contra las barras o a las sociedades anónimas.

La respuesta a la pregunta de cómo disminuir la violencia en estos espacios no puede ser siempre un real pero inocente “cuando nuestra sociedad sea menos violenta”. Ambos, el deporte y la sociedad, son dos caras de una misma moneda, no hay solución en una sin la otra. ¿Nos haremos cargo alguna vez?

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