Vuelvo, Bulla vuelvo

Por Daniel Albornoz Vásquez
Colaborador Asociación Hinchas Azules

La pandemia ha traído consigo nuevos ritmos de vida. Lo que antes hacíamos, ya no siempre podemos hacerlo. Hemos tenido que aprender a relacionarnos de otra forma con nuestros seres queridos, a establecer nuevas rutinas y nuestros equilibrios se han visto trastocados. Tanto es así que muchas veces esos equilibrios penden de un hilo, cuando aún logran establecerse. Como seres emocionales, tenemos necesidades emocionales. Como hinchas, una de esas necesidades es la de alentar a nuestro equipo. Como parte de un club, nuestra necesidad incluye constituirnos como comunidad en las galerías. Y esa necesidad, desde el 5 de marzo del 2020, no ha tenido satisfacción.

Es difícil describir con palabras el significado de aquellas cosas que nos provocan nudos en la garganta. Ese apretón en las cuerdas vocales, ese descontrol, más nos conecta con las hipérboles y metáforas de la poesía, por cuanto la racionalidad no es el canal por donde fluyen estas sensaciones.

Todo comienza con un camino conocido, pero algo empolvado. Conectarse a un servidor de venta de entradas en línea, ingresar el RUT, una contraseña, seleccionar una localidad, ingresar un documento nuevo. Claro, estamos en pandemia y la vacuna es condición para obtener un ticket. Aceptar las condiciones, las nuevas condiciones para acceder al estadio, al encuentro, al aliento. Un par de clicks y ya, tenemos entrada.

Este evento por sí solo ya es un terremoto interno, en este caso muy positivo, para tantas y tantos. Y es que pasar más de un año y medio sin ir al estadio es algo impensado, algo duro de encajar, algo que cambió tanto nuestra forma de vida. Son salidas de fin de semana, a veces en la misma ciudad, con un encuentro entre camaradas para acudir, para discutir del partido, de la vida, de la familia, del trabajo y los estudios. Ir al estadio y cantar, saltar, gritar, destensionar, abrazarse, querer y odiar, es una catarsis cuya frecuencia semanal nos daba la posibilidad de reordenar energías y prepararnos para seguir. Es un evento social y también un evento de íntima recomposición. Algo de espiritual tiene esta dinámica, esta ceremonia popular.

Es por eso que cuando la entrada ya está en nuestra posesión, algo comienza a ocurrir. Y es que también es viajar. Viajar junto a la vida social, otra de las actividades que poco hacemos respecto de cómo éramos. Y viajar es parte de quienes somos románticos viajeros. Seguir al equipo es también salir de la ciudad, cambiar de aires, recorrer y conocer, comer distinto, es cambiar el ritmo. Y dejar de seguir al equipo también nos arrebata una de las motivaciones que nos llevaban a estar en constante movimiento. Por eso, la entrada es también volver a viajar. Desde tomar la micro al terminal o encender el auto; al encontrarnos para viajar juntUs, saludarnos y acompañarnos entre camaradas en el camino al encuentro, ya es algo que se siente especial.

Y empezamos a compartir. “¿Te acuerdas cuando…?”, “Y esa vez que…”. Anécdotas, viajes que tenemos en el cuerpo, en el corazón; partidos que gozamos, partidos que sufrimos. Goles que gritamos, derrotas que encajamos. Claro, todos los momentos que viví. Y ahora, vamos en camino a un momento más.

El viaje es un trance en el que nos vamos dando cuenta que vamos a ver a la U. Y ver a la U, lo que era tal vez cotidiano, pero no por eso menos importante, ahora es excepcional. Y, además, hace mucho que no ocurre. Hace tanto que no ocurre que el tiempo ha tomado otro significado. ¿Cómo puede haber pasado más de un año? ¿Qué hice en todo este tiempo? ¿Cómo fue que sobrellevé este alejamiento?

Y de a poco nos acercamos al estadio, ya estamos en los alrededores, y comienza el nervio. El carné, la entrada, no, no se imprimía, el pase de movilidad, el abono, ¿qué pedirán?, ¿estarán revisando mucho? Las dinámicas tan conocidas, tan automatizadas, ahora nos preocupan un poco, es tal vez una distracción necesaria incluso, porque lo que viene es muy grande.

Pasamos la reja, casi no nos revisan, ya no es como antes, no nos “cepillan” las costillas buscando quizás qué cosa, el trato parece más digno de lo que recordábamos. Qué importa. Pasamos. Otros cuantos pasos más. Sí, ahí hay una boca, hay que subir, del otro lado está ese campo verde, escenario conocido, pero tan nuevo, lugar de vivencias pasadas y sueños recurrentes que hoy vuelven a aparecer, medio en una realidad romantizada, medio en un sueño materializado. Estamos de nuevo ahí, en una galería, rodeadUs de otras personas que están en este mismo trance, con ojos extraviados, sintiendo algo que hacía mucho no sentíamos, encontrándonos en un lugar que nos es tan propio como propio puede ser de alguien, y a la vez tan ajeno porque ahora es distinto, se supone que no nos podemos ni tocar. Estamos, pero no estamos. Llegamos, aunque nunca nos fuimos. Volvimos, aunque no estamos completos.

Un pensamiento por quienes nunca más pudieron volver.

Y más temprano que tarde, sonará un pitazo, y la pelotita empezará a rodar. A rodar, como la lágrima que baja por mi mejilla. Estoy donde tengo que estar.

Hace dos semanas viví ese trance, cuando recibimos a Cobresal en El Teniente. Ayer, tuve la suerte de emprender un nuevo viaje. Y viajé con una inquietud latente: ¿qué pasará si la U hace un gol?

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