¿Neobarrismos?: Perspectivas y propuestas sobre el romanticismo de la academia y los estudios del deporte

Por Sebastián Díaz Pinto y Felipe Leal González
Licenciados en historia

Hace algunas semanas apareció en el portal CIPER Académico una columna titulada El Neobarrismo: las barras como actor social relevante en el Chile del estallido social (Ciper, 2021) basada en los resultados de la investigación homónima publicada durante 2020. En ella, sus autores proponen que las barrasbravas del fútbol chileno han modificado sus conductas y sus patrones de pensamiento. Sostienen que hoy por hoy estas son actores sociales relevantes y que incluso marcan la agenda política de los debates nacionales o, por lo menos, influyen en el devenir de ella (Caro y Navarrete, 2021). 

En este escrito, argumentaremos por qué este enfoque y extraño concepto de “neobarrismo” confunde los procesos sociohistóricos que ha vivido el fútbol nacional y por qué también este tipo de lecturas obstruyen el arduo trabajo que han desplegado organizaciones de hinchas para instalar debates políticos al interior de las barras y las hinchadas. Planteamos esto porque, más allá del calor del aliento en la galería, muchas veces estos espacios organizativos de hinchas han tenido que sortear dificultades, acciones violentas y descrédito por parte de sus pares. Por tanto, creemos que aún se debe recorrer un largo camino para plantear que nos encontramos ante una nueva forma de organización barrista o de hinchadas.

Antes que todo, debemos advertir que más que una crítica, este texto se quiere posicionar como la apertura de un debate interesante e instamos a las organizaciones que en ella se citan a que se manifiesten sobre la temática y nutran de miradas diversas aquello que hoy instalamos en la palestra.

El fútbol, desde su más incierto origen, ha gozado del factor espectáculo. Es decir, existen espectadores que miran, observan los detalles y se emocionan durante el curso del encuentro. En la medida de que el fútbol se ha profesionalizado, industrializado y mercantilizado, la acción de espectar ha ido modificándose y encontrado nuevas formas de manifestarse (Dunning y Elias, 2014). Esta línea es relevante porque advierte el primer gran consenso entre los debates del estudio del deporte: el fútbol moderno es parte intrínseca del desarrollo de la sociedad capitalista moderna. Por lo tanto, quienes se entienden como espectadores han cambiado sus patrones de conducta en la medida de que el capitalismo se transforma, ya sea en la comprensión del tiempo productivo y de ocio, como en las formas de producir riqueza (Frydenberg, 2011).

Con la consolidación del giro neoliberal en América Latina y Europa, lógicamente la afición deportiva cambió y con ello presenciamos el surgimiento de las barrasbravas. Como bien plantea la columna en CIPER, en la experiencia chilena, aquellas barrasbravas se forjaron al calor de la protesta social contra la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet. En ese sentido, podemos decir que tanto las experiencias de la Garra Blanca (GB) como la de Los de Abajo (LdeA) son fiel reflejo de aquello, pues estos espacios respondieron a carencias políticas e identitarias de la realidad chilena que se arrastraban de la década de los ochenta y que se profundizaron en la de los noventa. Con el retorno pactado de la democracia, las cosas no cambiaron mucho. Los sucesivos gobiernos condujeron un proceso de criminalización de la juventud, a la que se le apartó de todo debate político, y sus espacios y opiniones fueron invisibilizados (Pinto y Salazar, 2010). En esa configuración, las barrasbravas fueron el primer espacio en donde se focalizaron estas políticas represivas. Todo esto se suma a las carencias y desigualdades sociales que el país evidenció durante aquella década transicional. Por lo tanto, este contexto social y político permite entender que las barrasbravas no surgen como una organización social con asidero político definido, con proyectos locales o al menos comunales. Las barras respondieron a un abandono del Estado hacia la juventud (Acevedo, 2018) y, en ese contexto, los clubes sociales de fútbol funcionaron como catalizador de un sector importante de la juventud chilena. En consecuencia, estas ideas permiten sostener que las barrasbravas son, en parte, resultado del giro neoliberal.

Ahora bien, sabemos que las barras se constituyen a través de la identidad. Si bien en la columna se emplea el concepto de el aguante, tenemos algunos reparos. Este concepto, proveniente de la antropología argentina, es definido como un capital cultural, una moneda de cambio que entrega poder simbólico a través de la violencia y de actos que demuestren la capacidad de aguantar por el club del que se es hincha (Garriga Zucal, 2007). Este fenómeno es problemático porque, precisamente, complejiza la tarea de rastrear discursos o ideas políticas homogeneizantes. Muy por el contrario, creemos que la cualidad mayor de la barra se encuentra en que es un espacio heterogéneo imposible de rastrear en sus direcciones sociopolíticas. Esto permite entender otra característica clave: las barras son organizaciones que obedecen a las herramientas que los contextos políticos locales facilitan, ya que están compuestas por múltiples actores sociales.

SANTIAGO (CHILE), 25/10/2019.- Manifestantes se reúnen este viernes para pedir la renuncia del presidente chileno, Sebastián Piñera, en los alrededores de la Plaza Italia de Santiago (Chile). Las masivas manifestaciones de los chilenos por un sistema más equitativo y contra el Gobierno de Sebastián Piñera cumplen este viernes una semana con el llamado a una multitudinaria marcha que llena las calles del centro de la capital chilena. EFE/ Fernando Bizerra Jr

Los autores de la columna sostienen que las barras han cambiado. Afirman que hoy se configuran con lógicas mucho más horizontales que antes y que el debate político está más presente que nunca. En primer lugar, hay una contradicción gigantesca en ello porque en el mismo escrito se sostiene que las barras nacen de la protesta social en dictadura, por lo tanto vale preguntarse si antes había -o no- debate político al interior de las barras. En segundo lugar, las estructuras de la barra desde su origen han obedecido a una lógica vertical basada en los “piños” producto de su enorme heterogeneidad y su arraigo a los distintos barrios del país y, tanto hoy como ayer, han existido grupos con más influencia que logran “detentar”, de algún modo muy abstracto, la dirección de la barra. Con esto comprendemos que la lectura de los autores de la columna invita a pensar en personajes como “Pancho Malo”, “Anarkía”, “Beto”, entre otros. Sin embargo, no advierten que los liderazgos que emergieron de aquella época tuvieron la venia de las dirigencias de los clubes sociales, como sucedió en el timón errante de la directiva de Peter Dragicevic en Colo-Colo y de René Orozco en Universidad de Chile. Lo mismo ocurrió con las concesionarias Blanco y Negro S.A. y Azul Azul S.A., respectivamente.

No nos interesa ser asociados con la galería de Juan Cristóbal Guarello, quien, desde la óptica opuesta (Guarello, 2021), comunica desde el arrebato y termina por limitar el debate sobre las barras más que nutrirlo. Desde nuestra posición, creemos que las barras son un actor social válido y deben ser abordadas como tal. Sin embargo, una cosa es sostener –y estudiar desde nuestra disciplina, la historiografía– que las hinchadas, socias, socios y barristas son parte de los debates políticos y que, desde sus espacios, están generando discusión y debate. De ello no hay duda. Pero otra es desconocer que, ya sea por influencia de las dirigencias de los clubes o por el ejercicio de la violencia de quienes integran las barras, han generado episodios desmedidos de violencia que atentan contra cualquier discurso sobre igualdad, justicia y equidad y que solo terminan por reproducir las lógicas neoliberales de la individualidad, la competencia y el oportunismo. Cuando nos referimos a nuestras y nuestros pares de galería de los estadios del país, entendemos que sus acciones son convocadas para hacer crecer y alentar a los colores de los equipos de sus amores. Estamos muy lejos de criminalizar acciones que tienen que ver con desigualdades estructurales y relacionadas a la marginación de la actividad política de la juventud. Nos parece esperable que los sectores juveniles que integran las barras generen confrontaciones violentas en contra de las instituciones y entre ellas mismas, pero no podemos desconocer que aquella motivación es limitada a algunos grupos sociales y no suma a los procesos de transformación social.

La columna publicada en CIPER es asertiva en afirmar que al interior de las hinchadas y de las barras ha habido un desarrollo de perspectivas políticas e incluso de proyectos políticos. Los grupos antifascistas, las comisiones y colectivos feministas y las coordinadoras de hinchas en varios clubes son una muestra clara. No obstante, estas experiencias son aún incipientes y no han logrado gran impacto en la férrea cultura barrista. Ahora bien, no debemos dejar pasar que la columna cae en errores graves que confunden los límites existentes entre hinchas, hinchas militantes y barras. Lo hace, por ejemplo, al sostener que la Asamblea Hinchas Azules (AHA) –una organización de hinchas e hinchas militantes de Universidad de Chile– aglutina cerca de treinta agrupaciones del mundo azul. Esta afirmación está completamente alejada de la realidad y no sería erróneo pensar que esto causó molestia en quienes integran la AHA. Se genera un descrédito y podría provocar problemas a nivel de organizaciones ligadas a Universidad de Chile. Las acciones de hinchas, socias, socios y barras –aunque comparten espacios– responden a lógicas distintas de cómo entender lo político. Es más, en el espacio de las barras es difícil encontrar expresiones de ese tipo. Si ese fuera el caso, veríamos a más mujeres en posiciones de liderazgo o de coordinación y el aguante no sería patrimonio casi único de los varones. En la misma línea, observaríamos intervenciones masivas y recurrentes contra las concesionarias que han mermado durante quince años a los clubes sociales. Si bien, han existido manifestaciones en contra de las concesionarias, estas no representan el foco principal de las barrasbravas, el que, más bien, está relacionado con ser los portadores de la “fiesta” y del “carnaval”. En la práctica, nada de esto ocurre. Como ya dijimos, se reconocen actos testimoniales y son contadas y honorables las excepciones al respecto.

No podemos olvidar que, en medio de la revuelta social que comenzó en octubre de 2019, la frágil tregua entre la GB y LdeA –que fue más que nada un imaginario que esparció la prensa oficial y algunos sectores sociales ajenos al mundo del fútbol (La Tercera, 2019; La Nación, 2020)– se vino abajo por el egocentrismo que implicó la disputa simbólica por la ocupación del monumento que estaba en Plaza Dignidad. ¿Qué es eso sino un acto de tremenda individualidad? No puede existir hoy un “neobarrismo” si las lógicas con las que se relacionan las barrasbravas entre ellas son las mismas; persisten acciones como el ajuste de cuentas, la recuperación y robo de “trapos” y “estandartes”, entre otras. A pesar de que estas acciones se relacionan con los “códigos” entre barrabravas, aquello no implica una resignificación de su escala de valores y de los simbolismos asociados a estos. Insistimos en reconocer las excepciones, pero estas no implican necesariamente la apertura a una transformación de nivel político y orgánico. Como mencionamos, las barras siguen organizadas desde la misma lógica de los “piños” y se sostienen en la influencia de estos a través del ejercicio de el aguante. Recordemos que los incidentes que se vivieron entre 2012 y 2013 en los estadios y alrededores surgieron a partir del enfrentamiento armado y violento. En un contexto de casi “guerra”, en la GB se produjo el ascenso del grupo “Los ilegales” en perjuicio del piño de “Pancho Malo” y “La Coordinación” (24Horas, 2013) y en LdeA, el enfrentamiento entre el “Movimiento Autónomo LdeA” y “Nueva y Vieja Escuela” marcó el cambio –con la salida forzada de estos últimos– de la dirección de la barrabrava azul (La Tercera, 2014). De lo hasta acá expuesto podemos concluir que, aunque los nuevos piños hayan traído consigo discursos contra las S.A.D.P. y la mercantilización del fútbol, su accionar sigue determinado por los términos en que operaron sus predecesores.

Finalmente, creemos que el impulso que le ha dado la ciudadanía y los movimientos sociales a los debates sociales y políticos que la calle ha levantado desde 2011 –y hasta nuestros días– han, de cierta forma, permeado en la cultura barrabrava. Desde esa premisa, son las nuevas generaciones las que han llevado estos debates a sus espacios laborales, estudiantiles o domésticos y han logrado, paso a paso, instalar una noción de sentido de justicia, colectividad y equidad que permita transformarlos. No por nada recordamos que ya se ha derramado tantísima sangre entre miembros de barrasbravas para afirmar –desde la distancia académica– que hoy estas son un actor que promueve los procesos de transformación que el país demanda. En esa senda, esperamos que, más temprano que tarde, se pueda hablar con certeza de un “neobarrismo” porque, lamentablemente, hoy no es el caso.

Fuentes consultadas:

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