Elecciones: ¿participación o circo?

Nacho Márquez
Asamblea Hinchas Azules

Los fanáticos del fútbol tuvimos que contener las pasiones este fin de semana ya que no hubo fecha a raíz de la elección cuádruple que enfrentó nuestro país. Una elección que vino semicondicionada por otra elección anterior, la de octubre del año pasado, esa que nos permitió decidir la redacción de una nueva constitución para eliminar de raíz la herencia de la dictadura cívico-militar, su sistema económico y social, y poder vislumbrar un futuro más equitativo. No faltará quien, al haber llegado a estas líneas, lance una carcajada de sarcasmo mezclado con incredulidad; y está bien. Es válido pensar que el voto no cambia nada. Sin ir más lejos, es un derecho que en este país se recuperó hace treinta años, los mismos treinta años que fueron el detonante para el estallido del descontento ocurrido a partir de octubre de 2019. Sin embargo, al cabo de estos mismos tres decenios no se han manifestado cambios y solo se han hecho más ricos los ricos y más pobres los pobres. Elección tras elección, gobernante tras gobernante, lo único que parece cambiar son los nombres porque el sistema y sus injusticias se han perpetuado. 

Más allá de quien gobierne, si no existen voluntades políticas para generar cambios que realmente impacten las vidas de las personas, poco se puede esperar. Tampoco se puede obviar la baja participación electoral, la que siembra aún más desconfianza en nuestro gastado historial político. Todo esto parece una justificación válida para aquellos que deciden tomar el camino de la omisión electoral, pero es una visión contraria a quienes creen que ejerciendo el deber cívico, van a poder tener un grado mayor de opinión (consabido es el dicho de “si no votaste, después no alegues”). Personalmente, considero entretenido no solo el ir a votar, sino también el modo electoral que se vive semanas antes de cualquier elección: la información de los candidatos, las “yayitas” de última hora, los debates acalorados en las reuniones familiares. Y claro que es un paso importante, más que mal, es la única manera legitimada (por un sistema corrompido) de poder elegir a quienes ordenan, gobiernan e impulsan leyes. 

Pero no podemos quedarnos solo en eso, ya que validar una postura sobre la otra parece un ejercicio de medición de los egos; debemos llevarla a la acción. Hemos esperado milagros de la clase política, rezándole a santos que más parecen venidos del infierno y rogándole a superhéroes que visten capas ajenas y defienden otros intereses, intereses que coincidentemente perjudican a los más vulnerables. Es por esto que, sea cual sea nuestra postura, debemos tener una participación activa en las decisiones, formando asambleas, apoyando iniciativas sociales, propiciando espacios de diálogo. Pero también debemos considerar nuestra actitud humana: sería bastante “caradura” exigir respeto si no lo llevamos por delante. Los buenos días, el vuelto del pan, tratarnos bien, volver a ser humanos, confiar. Y es acá donde se presenta la incertidumbre porque, sí, ganaron algunos actores que en teoría van a defender los intereses del pueblo, pero ¿qué pasa si (como ya se ha visto anteriormente) el poder les corrompe? ¿Podemos realmente creer en estas personas y sus intenciones? Lamentablemente, solo el tiempo tiene la respuesta aunque, al parecer, ya hay un plan de acción y lo tiene el pueblo en sus manos, es cosa de mirar un poquito más allá del muro, hacia Puerto Rico o Colombia. 

Pensando de manera positiva, electoralmente se puede hacer más que cuando hablamos de la usurpación de nuestros clubes de fútbol y espacios deportivos. No sea cosa de que la constitución quede manchada con los intereses de los que controlan esta larga y angosta faja de desigualdad y tengamos que volcarnos a las calles nuevamente. De todas maneras, creo que no faltará quien diga que “esta no es la forma” y volvamos al círculo vicioso de no saber cómo cambiar las cosas.

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