El ancho paraguas del deporte como derecho

Estar a favor del deporte como derecho constitucional no significa nada. Es una consigna vacía si es que no se cuenta con una definición de deporte. ¿Cuáles son loss límites del deporte? ¿Qué es lo que se debe resguardar? ¿Para qué consagrarlo en la nueva constitución?

¿Qué hemos visto hasta ahora? Que el deporte como derecho constitucional puede ser una bandera recogida desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha. No es casual que candidatos cercanos a la UDI busquen consagrar el deporte como derecho de la mano de la reivindicación del rodeo, intentando establecer al maltrato animal como patrimonio cultural y deporte garantizado por el Estado. 

Porque, si algo hemos entendido de la discusión sobre consagrar el deporte en la nueva constitución, es que los alcances de aquel posible derecho son muy diferentes dependiendo de quién lo proponga. Esto es, precisamente, porque los conceptos de deporte que cada constituyente empuja son completamente distintos. Existen puntos mínimos y de acuerdo, por ejemplo, el deporte y su vinculación con la salud, con la educación formativa, con el alto rendimiento o deporte profesional, y con una vaga noción de acceso. Pero fuera de eso, todo se hace difuso.

Y es que el foco y el alcance que se hace del concepto de deporte se relaciona fuertemente con la visión de sociedad deseada. El deporte, por decirlo de alguna manera, más neoliberal, intenta obtener beneficios tangibles y medibles: mejorar la salud de la población para reducir el costo de mantener a una población enferma para el Estado, enseñar valores que se puedan aplicar en tanto fuerza de trabajo a lo largo de la vida, potenciar a los embajadores no oficiales del país para mejorar la imagen internacional o entregar más posibilidades de que jóvenes se conviertan en estas futuras estrellas del mercado. Pero los aspectos del deporte que quedan fuera de estas definiciones son también muy importantes, y que suelen tener que ver con un cierto desprecio (explícito o no) a los proyectos colectivos

Porque es distinto ver el vínculo educativo-formativo del deporte dependiendo de si se entiende para potenciar deportistas y obtener logros en competencias internacionales, o como medio para formar y educar de manera integral. Mientras la segunda definición es la que más se observa en clubes territoriales y escuelas populares, no es raro que quienes están de acuerdo con el deporte formativo como base de la pirámide del deporte profesional, estén también de acuerdo con mantener y regular el lucro en la educación (disfrazada a veces de colaboración público-privada). 

El deporte es, en este sentido, un concepto que se nutre de la exposición, experiencia y participación en distintos ámbitos, según quien lo defina. Su rol como plataforma social y organizativa es obviada, salvo por quienes han vivido de cerca aquel aspecto, por ejemplo, los clubes de barrio, las escuelas populares o las organizaciones políticas de hinchas. La capacidad inclusiva de la práctica y organización deportiva es también obviada salvo por quienes han vivido la discriminación -y quizás ejemplos relevantes al respecto tienen relación con el deporte femenino, las competencias de deporte adaptado o los colectivos deportivos de personas trans-. En este sentido, el deporte como patrimonio cultural ha sido un factor que ha quedado prácticamente de lado, algo que va en línea del desprecio usual que tienen ciertos sectores de la izquierda con los fenómenos populares. No por nada, las candidaturas de aquel sector político que se definen como “culturales” no han dado un solo minuto a hablar de deporte. 

A pocos días de una elección que puede marcar el destino del país, se hace difícil entender qué se busca y qué se apoya con la instalación del deporte como derecho constitucional. Precisamente, porque aquellas consignas no existen en el vacío, sino que son empujadas por personas con ambiciones, metas y objetivos particulares. Votar, en este caso, por alguien que empuje el deporte como derecho constitucional a como dé lugar puede significar darle el voto a alguien que está en contra del aborto libre, alguien que apoya el actuar de las fuerzas represivas del Estado o alguien que, como se mencionó anteriormente, está a favor del lucro en educación o la salud. ¿Hasta qué punto es válido, entonces, votar por alguien que se define como deportista o dice defender la bandera del deporte?

Con esto no pretendemos quitarle valor al definir el deporte como eje central de una campaña, al contrario. Existen muchas y muy buenas candidaturas que impulsan al deporte y además sus restantes lineamientos van en línea de lo que como revista queremos como sociedad. Pero no encontrar dicha candidatura en cada uno de nuestros distritos no significa que se pierda la posibilidad de consagrar el deporte que queremos como derecho constitucional. De hecho, algo que nos enseñó este proceso fue que la organización y movilización fueron los principales impulsores del momento político social que vivimos hoy en día. Asimismo, una vez definida la nómina final de la convención constitucional, será nuestra movilización y organización la que instale la necesidad de que nuestro deporte sea un derecho. Tener aliados o aliadas dentro de la convención será útil, es cierto, pero no es la única opción.

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