Plan cuadrado

Ilustraciones por Tomás Ives.

Texto por Tomás Ives

Hacer planes, como una actividad tiene, en primer lugar, una complejidad técnica y, en segundo, una tensión. Tal como puede ilustrarse en el pugilismo. El plan se trata del desenvolvimiento de un entuerto que nos obliga a definir el límite de nuestras capacidades y, al mismo tiempo, el despliegue de estas sobre el campo de juego en un periodo determinado. De esa manera danzar y moverse sobre el cuadrilátero conscientes de nuestras facultades y coyunturas.

Un ejemplo de lo que que voy a explicar lo demostró con ominosa gloria Mike Tyson, peso pesado que ganó su primer título mundial estando enfermo de gonorrea. Estoy convencido de que el ardor genital de Tyson lo obligó a acelerar sus planes al máximo: definir su estrategia y delimitar sus capacidades para terminar cuanto antes, en el segundo round, con Berbick de espaldas en la lona, poniéndose de pie, cayendo de culo en las cuerdas y, finalmente, de nuevo de espalda al piso en una noche de noviembre de 1986.

Tyson, tras sus incontables hazañas, se apropió de la frase de Joe Louis, campeón de peso pesado entre 1937 y 1949: “todo el mundo tiene un plan hasta que te golpean en la boca”. En la otra esquina, la más cercana, está Lilfonso Calderón, quien recibió los embates de un golpe mucho mayor. Un golpe sobre el Estado de Chile.

En marzo de 1973, el socialismo era como el universo: en constante expansión. Tras un pequeño torneo de boxeo con la selección olímpica B de Cuba, la delegación comunista agradece diplomáticamente la acogida. Para sorpresa de púgiles y asistentes, extiende una invitación: ahora que Chile es un país socialista, es invitado a ser parte del torneo internacional Giraldo Córdova Cardín en La Habana durante agosto del mismo año. Emilio Balbontín, entrenador del Club México, quien en 1986 recibiera pensión por gracia del mismísimo dictador, acepta felizmente el ofrecimiento y comienza, raudo, su planificación. Lilfonso, con apenas 21 años, aplana las calles polvorientas de Pudahuel con 20 kilómetros diarios de trote continuo durante los cinco meses previos al viaje.

Una planimetría requiere de la representación y medida sobre un plano de una porción de la superficie terrestre, por ejemplo un ring. Un plan, no obstante, es conjunto de acciones previstas, relacionadas entre sí, a través de las cuales se espera lograr una meta, por ejemplo, triunfar, a toda costa.

“¡Al blanquito ese me lo como yo!”, gritaba el campeón de Villa Clara. Moreno, enjuto, desafiante y soberbio púgil cubano de 57 kilos. 

“Mira que es coloradito parece una chiquita. Que tú le ganas, Pérez Moya”, berreó Nardo Mestre Flores. En una esquina, silente y enorme, Teofilo Stevenson miraba cabizbajo y atento. La generación dorada de boxeo cubano divisaba recelosa el plan de Lilfonso en aquel torneo. 

Estaba agotado tras una semana en La Habana de incontables combates contra el hemisferio rojo del planeta. La piel que cubría sus pómulos estaba colorada de magulladuras. Blanca, escasa de sol, pálida de niebla húmeda, chorera y sureña, su tez lo delataba como un boxeador que no se descubre como tal. Peor aún, todo el auditorio fue testigo de la dosis de lidocaína que don Emilio inyectó en su mano izquierda. El puño estaba hecho trizas.

Así como Tyson, Lilfonso apretó sus planes. Nardo Mestre Flores, entrevistado, narraba la contienda: “le pasaba y le daba golpes conriquitos entre gancho y recto por dentro y ¡pum pum pum pum! No es que fuera pegador, era la cantidad. Él no ganó ninguna pelea por KO, ganó por puntos, era pelea que se veía que sin discusión había ganado… unánime… Estoy sorprendido como todos los cubanos. Un niño que no aparentaba la edad que tenía, con un plan perfecto…”, cerró con pausa sentida. 

Calderón se coronó campeón mundial tras arrollar al cubano tragando el dolor ardiente del puño izquierdo con sus ganchos, jabs y uppers. La felicidad no lo acompaña en las escasas fotografías de la abatida prensa isleña, tampoco la nacional; tan sólo se esboza, borrosa,, una sonrisa leve. 

Tyson tampoco se ve sonriente en aquella pelea del 86. 

Hoy, cuando los planes, planificaciones y crisis planetarias son asuntos que modelan nuestro cortoplacismo latente, doy cuenta de que la felicidad, pese a organizarse en medida técnica y espacial, no es amparo suficiente para dibujar sonrisas en la faz de nadie cuando hay dolor.

Plan, del latín planus, significa altitud o nivel. Desde la arquitectura, entenderíamos un plano como el dibujo que representa la construcción de un piso en un proyecto de elevación. No obstante, planear, significa levantarnos a una altura suficiente de suspensión en el aire. Ahí nuestros ojos, asombrados, ven la tierra como un plano, es decir, un planeta. En las cortas horas, antes del regreso a Chile, Calderón abrazó a sus compañeros, su entrenador y amigos. Sintió esa altitud. Vio el planeta desplegarse para descifrarlo minuciosamente en una exhibición de quimeras, idealismo y éxitos prometidos.

De regreso, triunfante pero inocente del estremecimiento fatídico chileno, la única delegación que lo esperaba en el aeropuerto sería una militar. Ni solemne ni conmemorativa, el sencillo plan del púgil veinteañero le era correspondido con destino al Estadio Nacional, el día 13 de septiembre de 1973.

Don Emilio y sus compañeros no volverían a saber de él por un buen tiempo, tal vez décadas.

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