Fútbol pandémico: entre el todo y lo que falta

Sebastián Díaz Pinto
Secretario Asociación Hinchas Azules

Hace unos días se cumplió un año de la llegada del coronavirus al país. Un año que, sin duda, sacudió las estructuras, las certezas y las rutinas en todas sus dimensiones. El virus se sintió como un fuerte remezón que nos impactó –y sigue impactando– como sociedad y como personas. 

Para quienes creemos que el mundo tiene forma de pelota, pareció que todo quedó suspendido en el tiempo. Más aún para quienes son hinchas todos los días de la vida, no solo los domingos. La posibilidad de volver a la cancha a alentar al equipo de nuestros amores parece ser cada día más una ilusión que una realidad. Sin duda, pensar en el día en que esto acabe nos sumerge en una incertidumbre sin fin. Sin embargo, esa falta de certidumbre nos brinda algo que, por cierto, para la mayoría de las personas antes de la pandemia era escaso; tiempo para reflexionar y plantearnos preguntas sobre nuestro devenir.

En un contexto político y social de revuelta desde octubre de 2019, el COVID-19, al menos por un tiempo, vino a bajar un cambio en la intensidad de la calle y de la protesta. En paralelo, el fútbol vivió una situación similar. El campeonato masculino de primera división finalizó por secretaría y la temporada 2020, después de meses de detención, terminó en febrero de 2021, con una sobrecarga tremenda de partidos para los planteles y cuerpos técnicos. El fútbol femenil también tuvo meses de para. Desde aquello, y en esto creo representar a varias personas, se instalaron preguntas sobre la filiación que existe hacia el fútbol: ¿es posible vivir sin fútbol? ¿Cuánto tiempo se puede aguantar sin ir a la cancha? ¿Es de vida o muerte irse a la “B”? ¿Son las y los hinchas lo más importante del fútbol?

Si llevamos la reflexión más allá de lo estructural, este tiempo pandémico nos ha permitido instalar y desarrollar diversas interrogantes en torno a lo que la pelota genera en nuestras existencias. Por ello, de esas preguntas, devienen decisiones. Sé de personas que, por ejemplo, dejaron de vincularse con el fútbol profesional masculino. No se sienten representadas por un grupo de varones que solo juega para cobrar a fin de mes. Ellos solo trabajan, mas no juegan a la pelota. Aquello se intensifica si pensamos en que el estadio, como lugar, no es un espacio seguro para nadie. No solo por la emergencia sanitaria que vivimos, sino que también porque es un lugar en el que se reproducen prácticas patriarcales y una masculinidad hegemónica y tóxica. En ello existe una violencia que se lleva más vidas que el propio virus. Aquello es un potente disuasivo para hombres, mujeres y disidencias que se sienten llamadas por el fútbol, pero no por sus prácticas asociadas. 

No obstante, existe en el fútbol femenil –y en su desarrollo– una potencia increíble. Una posibilidad de imaginar y pensar que existen otras formas de entender y practicar el juego y, de paso, de todo lo que se genera alrededor de este. Asimismo, existen otras personas que, mientras siga la revuelta, no volverán al estadio (un guiño cariñoso para aquellas que decidieron dejar de asistir cuando llegó la concesionaria Azul Azul). En la misma línea, el actuar abusivo y represivo que se ve de la policía chilena en las calles, es algo que en los estadios del país era cotidiano, al menos, cuando el público podía asistir con regularidad. Digamos que no te reventaban los ojos porque no podían, pero sí podían darte una golpiza solo por vestir una camiseta de fútbol. No sabemos cuándo, pero algún día el virus pasará. Entonces, vale preguntarse: ¿vamos a volver a lo mismo?

En poco menos de un mes tendrá lugar la elección de quiénes serán las personas encargadas de redactar la nueva carta fundamental del país. Más allá de las trampas de la clase política y las dudas que genera el proceso como tal, está la posibilidad latente de construir un proyecto de país distinto. Si bien, el costo para obtener aquello fue altísimo, porque muchas personas perdieron la vida y aún existen muchas otras privadas de libertad por la prisión política, es la oportunidad para impulsar cambios. Es lo mínimo que se puede hacer en memoria de quienes ya no están y por quienes no pueden ver la luz del sol todavía. En ese sentido, si pensamos un país distinto, es válido bregar por instalar el deporte y la recreación como un derecho fundamental garantizado. En la misma senda, aquello puede abrir la puerta para imaginar nuevos horizontes y, a propósito de que Carlos Heller se desprenderá de sus acciones en Azul Azul, ¿por qué no pensar en un fútbol sin sociedades anónimas ni empresarios? Si Heller ya no está, quienes vengan ahora lo harán ocultos bajo la careta de un fondo de inversión. ¿Queremos que todo siga igual que antes? Si la identidad de las y los hinchas de la “U” es de lo poco que nos queda, ¿se llevarán acaso también aquello? El sentido social que alguna tuvo el fútbol es posible de recuperar. Es posible recuperar a la “U” para que vuelva a sus hinchas. Nada más, estamos ahí, entre el todo y lo que falta. Veamos qué pasa.    

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