Querido viejito pascuero

Ignacio Márquez
Asamblea Hinchas Azules

Querido viejito pascuero: 

Quizás deba comenzar respondiendo qué hace semejante grandulón escribiéndote una carta; lo tuyo son los juguetes, no las condonaciones de deudas universitarias ni los créditos hipotecarios aprobados sin caras largas. Tampoco voy a pedirte una Libertadores o un estadio, eso quizás queda para las velas del cumpleaños. Pasa que, transcurridos los hechos del presente año, hay algunas cosas que ya no sé a quién hay que pedírselas. Quizás no sean elementos esenciales en nuestro desarrollo como sociedad, pero al menos pido una lucecita de esperanza, como la roja de Rodolfo y su nariz. 

Por si los duendes no te contaron, fue un año en el que pasó absolutamente de todo. Cualquiera que diga que este año fue relajado, claramente lo ve desde un plano íntimo, personal. 

Ciertamente el 2020 no fue el mismo para todos; ningún año, ni siquiera este que se va, podría ser tan tajantemente democratizador. Unos ríen y otros sufren, así como en los 120 por 90 que visten de verde y donde se liberan tantas emociones. Aún no sabemos por qué los políticos que se muestran tan simpáticos en los matinales, son finalmente tan indolentes frente al sufrimiento de quienes los ven y hasta les encuentran razón a veces. No entiendo, viejito, por qué se han empeñado en detener las celebraciones (mayoritariamente familiares) con el argumento de la pandemia, si de lunes a viernes el hacinamiento en el metro es el mismo de los años “normales”. 

De economía no entiendo completamente, pero no hay que ser un experto para darse cuenta de que el costo de la vida sube otra vez (y de que la democracia no puede crecer si la corrupción juega ajedrez); hasta los víveres más esenciales han visto sus valores escalar. Se murió el mejor jugador de todos los tiempos, o así lo llaman ahora. Dos semanas antes de su muerte, para algunos era una caricatura, un recuerdo casi desechable, un exmártir que era blanco fácil de toda burla. Pero ese miércoles, de súbito volvió a ser Dios. Y yo no sé, Santa Claus, si tú eras Maradoniano, entonces prefiero no meter la pata. 

Ahora que me doy cuenta, no he nombrado a nadie de los que ríen, y es positivo rescatar la atención que está recibiendo cada vez más el fútbol femenino. En los años en que nuestra generación creció y forjó su amor por este deporte, hubiera sido impensado, o al menos poco común, que el “canal de todos los chilenos” transmitiera un clásico universitario o la final de un campeonato femenino. Y quizás hasta habríamos tenido que leer un titular inoportuno de algún pasquín. Hoy no, si juegan las chicas, decimos y sabemos que “juega la U” y nos prendemos a la tele, maldita hechicera que logró ganar por ahora la batalla. Quizás para las chicas podrías traer contratos y salarios equilibrados. Pero no solo a las nuestras, obvio. No queremos que se sigan retirando jugadoras por el solo hecho de que las condiciones no son las óptimas. Vamos en el año 2020 y estas diferencias parecen cada vez más una anticuada pataleta. 

Ah, otra cosa buena también es que ganó el Apruebo en el plebiscito, entonces el futuro se ve un poquito menos oscuro, aunque sin la vacuna y con la pandemia todavía respirándonos en la nuca, tampoco hay tantas certezas, pero al menos se sentó un precedente de que juntos somos más fuertes. 

Volvió Montillo, pero no le renovaron para el próximo año. ¿Puedes creerlo, viejito? Montillo no solo es un gran jugador, si no que también representa lo que queremos ver vistiendo nuestros colores. Dejando de lado el amor mutuo entre él y la hinchada, lo miramos y vemos un papá preocupado, querendón y enfocado en hacer las cosas bien, aunque suene a frase de futbolista de los noventa. Eso mismo lo lleva a ser un buen tipo, uno al que abrazamos, empujamos, queremos y admiramos sanamente. Tanto hinchamos para que volviera porque queríamos tenerlo acá y, por egoísta que suene, solo estamos hablando de amor. 

En fin, viejito, tú eres quien dirime si fui un buen niño y si tengo fuero suficiente como para pedir tanto. Si me he extendido mucho, te pido millones de disculpas. Comprendo perfectamente que no todo puedes cambiarlo con la magia de la Navidad, pero al menos espero que logremos que todos y todas se junten, se miren a la cara y se digan lo buenos y buenas que son, que empaticemos más fácilmente con quien está al lado y que trabajemos más para el resto. Quizá así se acaban los femicidios, la violencia jerárquica, política y de todo ámbito.

Ah, y si alcanza, que se elimine el término “paternidad” en el fútbol, porque ser papá no conlleva humillación, es todo un acto de amor.

Gracias, viejito.

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