Cambio

Nacho Márquez Salas
Asamblea Hinchas Azules

“Si quieres resultados diferentes, no hagas siempre lo mismo”, dice una frase que (cierta o no) leí en redes sociales que era adjudicada a Albert Einstein. La veracidad del suceso es algo nimio al lado del real significado de la frase. Si queríamos acabar con años de injusticias, abusos y vejaciones de parte de la clase política, no podíamos seguir siendo los mismos sumisos de siempre. Algo pasó hace un año. Y no me refiero a los saltos de torniquetes, a las manifestaciones o a la creciente brutalidad policial. O quizás sí esté indirectamente hablando sobre aquello, pero no es ese el punto. Cuando se habla de cambios, se habla de esos procesos que nos llevan a cuestionarnos nuestras propias decisiones y acciones, a hacernos responsables de lo que decimos, cómo lo decimos y a quién se lo decimos. Hemos ido aprendiendo, por ejemplo, que el diálogo pedagógico y calmo puede abrirnos las grandes alamedas, así como también las multitudinarias manifestaciones. Por ahí, precisamente, va este cambio, por dejar de pensar en lo bien que podemos estar personalmente y darnos cuenta de las diferencias injustas entre ciudadanos y ciudadanas comunes y corrientes. Porque al vecino también la Isapre le descuenta mucha plata, porque la señora del departamento de al lado también tiene que ir a las seis de la mañana a hacer fila afuera del Cesfam para pedir una hora, porque nos miramos los rostros insípidos todas las mañanas en el metro o en la micro a menos de quince centímetros de distancia. Se necesitaba algo diferente, unirse fue la consigna, y vaya que se logró. El domingo en las urnas logramos algo que los poderes fácticos solo habían conseguido a través del miedo, la tortura, la violencia y el crimen. No nos decíamos nada, pero veíamos caras de tranquilidad y de esperanza. Toda la gente se fue a sus casas serenamente a esperar el resultado y cuando los comicios se aclaraban, la sensación de victoria comenzó irremediablemente a invadirnos, a llenarnos de una algarabía nueva, desconocida y real.

Entonces ahí sí salimos nuevamente a las calles. En otros tiempos se hubiesen visto muchos más abrazos, pero entre la pandemia y el distanciamiento social se contuvieron esos impulsos. Esa imagen es precisamente la que debemos atesorar, la de la mesura, la calma, el diálogo fraterno y las ganas de avanzar. No sacamos nada con haber perdido centenas de ojos, con haber visto jóvenes violentados, con haber acumulado tanta rabia para que ahora nos asalten los viejos vicios del pasado. “Que el chileno es flojo”, dicen algunos al mismo chileno que viaja dos horas todos los días para trabajar. “Que el chileno es dejado”, dicen otros, pero ayer se demostró que cuando se quiere, se puede. “Que al chileno se lo cagan como quiere”; antes quizás, ahora no. Y tampoco se trata de esperar durante otros 30 años que llegue la alegría: debemos construirla entre todos y todas.

Estamos en un momento histórico para el país, un cambio de conciencia y de mentalidad que debe traducirse en acciones concretas, no en meras intenciones. Ya sabemos que cuando nos unimos, pasan estas cosas y, quién sabe, quizás ahora podamos incluir en la nueva Constitución que los derechos de los clubes deportivos pertenezcan al pueblo; que la televisación abierta de nuestro campeonato sea un reflejo de esta sociedad inclusiva y no un capricho mal repartido por los poderosos, como siempre; o que el fútbol femenino se rija bajo los mismos protocolos estrictos que aquel que juegan los hombres. Si nos organizamos, podemos lograr cosas gigantes. De hecho, tengo muchas ganas de ver los rostros de la derecha rogando por un voto en la convención constitucional. Pero ya no somos las mismas y los mismos, hemos logrado otro entendimiento. Quizás esto nos dé el empuje suficiente como para empezar a ponernos firmes ante todos los abusos. Y en una de esas, el cambio de conciencia nos alcanza para otras dimensiones, como la protección de la infancia, la violencia de género, la xenofobia y la intolerancia. Lo que sí me queda claro es que cambiamos sin renunciar a quienes somos. Que la dignidad se haga costumbre es cosa de tiempo, ese inclemente juez que mantiene sus respuestas en completa reserva; por ahora hay que celebrar el triunfo, la desazón que el pueblo desarmado instaló en la casta política genocida, y el abrazo con el otro, virtual por ahora, real más adelante.

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