El mejor hijo del mundo

Salvador González
Escritor mexicano, autor de “En mi mente sigo jugando fútbol”

Él siempre le decía a todos que lo más importante era su familia.

Sergio se sentía extremadamente orgulloso de venir de una familia tradicional y con valores. Para él, y para mucha gente, su familia era ejemplar en todos los sentidos y aquello le gustaba mucho, le gustaba sobre todo que la gente le reconociera y aplaudiera eso; por esta razón siempre decía que su familia era lo más importante. Hablaba tanto de ellos que incluso personas que no conocían a su familia los admiraban, y Sergio sentía que el poner en alto su nombre lo hacía ser una mejor persona. Lo hacía sentir que era el mejor hijo del mundo.

Cuando Sergio se fue de su casa para vivir en España, llamaba a diario a su familia y les contaba todo con meticulosos detalles; durante el día, estaba ansioso por regresar a su departamento, poder compartir sus aventuras y transmitirles todo lo nuevo que iba conociendo; su familia, emocionada, esperaba siempre esas llamadas y así sentían que, a pesar de la distancia, seguían estando muy cerca. Sergio, a su vez, estaba seguro de que a través de él y de esas llamadas, su familia podía saborear y vivir un poco de todo lo que él descubría.

Pero, poco a poco, las llamadas se hicieron menos frecuentes y menos detallistas.

Sergio ya tenía algunos años viviendo en Madrid y, por sus actividades laborales, la comunicación era cada vez menos frecuente. Ya no les llamaba todos los días. Muchas de sus actividades diarias empezaron a dejar de ser sorpresa y se convirtieron en el día a día, y sentía que no tenía caso comunicarles detalles ahora ya incluso aburridos. La cotidianidad empezó a comérselo y la rutina terminó por digerirlo.

A pesar de eso, con frecuencia los tenía en su mente; cuando veía algo nuevo, deseaba que su familia estuviera con él para poder disfrutarlo juntos y siempre se repetía que lo más importante para él, era su familia.

Pasaron varios años. Sergio añoraba visitarlos, pero cuando tenía oportunidad de hacerlo, siempre surgía algo extraordinario y al final nunca podía.

  • Será en las próximas vacaciones-, pensaba.

Pero cuando llegaban esas próximas vacaciones, volvía a salir algo extraordinario: más trabajo o algún viaje a una ciudad nueva y al final, el pobre Sergio, a pesar de extrañarlos mucho, siempre terminaba diciendo lo mismo: “Será en las próximas vacaciones”.

En ese año, a Sergio le iba especialmente bien. En su trabajo era reconocido por sus colegas, tenía novia, buenos amigos y, por las actividades comerciales que realizaba en su trabajo, era invitado a muchos eventos importantes en la ciudad. Vivía tranquilo y cómodo, pero a pesar de eso, sentía que su familia le hacía falta y los extrañaba cada vez más. Hasta que un buen día, decidió que, si no podía visitarlos, haría que ellos lo visitaran. El costo no importaba, de todos modos, él siempre pensaba y repetía que eran lo más importante. Nunca fueron de grandes viajes, así que esto sería una gran aventura. Sergio, emocionado, empezó a buscar los boletos, planeó un gran itinerario y envió los pasajes a sus padres.

Cuando por fin pudieron visitarlo, fue algo mágico, se abrazaron y se rieron todo lo que pudieron. Visitaron muchos lugares y ciudades, tomaron cientos de fotos y se esforzaron por hacer cada lugar y ocasión muy especial. Todos sabían que era algo que difícilmente se repetiría y estaban ansiosos por vivir y crear nuevas experiencias y anécdotas que contar. Eso alegraba mucho a Sergio porque él creía que sus anécdotas familiares ya estaban muy cansadas e incluso algunas habría que jubilarlas.

Los días pasaron y se fueron como llegaron: rápido. La familia de Sergio se tuvo que ir. Fueron 2 meses grandiosos. Él se sentía triste y reafirmaba ante todos que lo más importante para él era su familia. Gente cercana le admiraba el esfuerzo por haber llevado a sus padres a viajar y cada vez que escuchaba eso, Sergio se sentía el mejor hijo del mundo.

Pasaron los meses y con eso llegó nuevamente otra helada navidad a Madrid. La celebración de año nuevo en esa ocasión fue diferente, todos los amigos de Sergio pudieron ir a visitar a sus familias, mientras que Sergio y su novia tenían pocas opciones para festejar. Una de esas opciones era con su amiga Luisa, quien estaba organizando una fiesta y Sergio y su novia decidieron que pasarían esa celebración con ella y sus amigos.

Sergio, gustoso de la fiesta en grande, imaginó que sería algo extremadamente festivo; “¡Pues no todos los días puedes celebrar el año nuevo en Madrid!”, pensaba.

Pero todo fue solemne, formal y educado. Eso no le importó; estaba decidido a pasarla bien de cualquier manera.

Hablaron del clima, de la sociedad, de política, de vinos y de cosas que le aburrían; pero todo cambió cuando Luisa les platicó sobre una tradición que su familia repetía cada celebración de año nuevo. Consistía en que cada una de las personas presentes compartía con todos los asistentes lo más importante que ellos consideraban que les había sucedido ese año. ¡A Sergio le encantó esa idea! Y sin dudarlo quiso participar.

Uno a uno fueron contando lo mejor de ese año. Hubo de todo: viajes, bodas, fiestas, hijos. Mientras tanto, Sergio estaba ansioso por contar lo suyo y hasta agradeció ser el último de todos.

Cuando fue el turno de Sergio, se tomó una pausa, dio un gran respiro, esbozó una gran sonrisa y con un gran brillo en sus ojos narró con elocuencia, conmovido y orgulloso, lo mejor que le había pasado ese año. Con la piel erizada y emocionado, les contó que el día 27 de abril de ese año, él había visto en el estadio Santiago Bernabéu al mejor jugador de fútbol del mundo. Les dijo a todos que vio al más grande jugador de la historia marcar dos goles en un partido memorable de semifinal de Champions League.

Les contó que vio jugar a Messi y que lo mejor de todo fue que la “Pulga” hizo una faena impresionante en el minuto 87, donde, con sus pies de bailarina y su velocidad felina, partió desde el centro del campo, deshaciéndose de cuatro jugadores para marcar el segundo y más bello gol de la noche con un tiro suavemente cruzado ante la salida del ya mítico portero español Iker Casillas. Les contó, con detalle y pasión, que Messi lo hizo con gran facilidad y estética y que se veía tan superior, que era como ver jugar a los niños de sexto contra los del primero de primaria.

Sergio añadió que estaba en un palco del estadio donde él era el único aficionado blaugrana y que, en medio de todo ese glamur, aunque intentó contenerse, no lo logró y, producto de esa emoción indescriptible, celebró gritando y saltando como un niño entre distinguidos aficionados madridistas, y que eso le había causado unas de las mejores emociones y experiencias de su vida.

De pronto, su novia lo interrumpió y le recordó que, después de mucho tiempo sin ver a su familia, ese año por fin lo habían visitado y habían pasado unas vacaciones increíbles…

…Todo fue silencio.

De ese silencio que da vergüenza…

Él siempre se había jactado que su familia era lo más importante y había olvidado su visita.

Sergio ya no se sintió el mejor hijo del mundo.

Sergio se sintió el mejor aficionado del mundo.

***

Amo el fútbol. Lo más importante para mí es la familia, pero sin el fútbol estaría perdido”

― David Beckham

Este relato es parte del Ciclo de lecturas deportivas. Otras entradas de este ciclo son:

19 de diciembre de 1971 – Roberto Fontanarrosa
El reposo del centrojás – Osvaldo Soriano
El penal más largo del mundo – Osvaldo Soriano
Amistad de tablón – Pamela Jáuregui Tobar
De Izquierdas – Salvador González
Cómo me hice escritor por “default” – Luis Sepúlveda
El gol histórico – Boris Sepúlveda
La historia del chuncho y del albo que le enseñó a amar el fútbol – Odiseo
Plata – Diego Alonso
Cuánto le falta a tu amigo – Odiseo
El 10 de las primas – Boris Sepúlveda
El milagro de Estambul – Odiseo

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