El milagro de Estambul

Por Odiseo
Cronista y escritor

En la frontera entre las dos poblaciones más grandes, hubo durante un tiempo una cancha junto a un parque. Niños y niñas de todas las edades se juntaban no solo para ver entrenar a los equipos de la población, sino que también para ver a la mascota del club “Liberpol”: un disfraz de cóndor con una camiseta de color rojo. Era la fascinación, pues bailaba, saltaba y, aunque parezca sorprendente, también hacía piruetas. La cancha era un lugar donde todos se reunían, jugaban y contaban los mejores chismes; hasta ese día, ese sitio no era noticia en ningún lado más que en las mismas poblaciones. Allí se levantaban trofeos, medallas y carnavales cuando cualquier equipo salía campeón del torneo nacional: aunque en su mayoría eran hinchas de la U, cualquier carnaval se hacía con normalidad. Hasta que llegó ella.

Venía desde La Serena, un largo viaje hasta el sur. Su familia por fin podía realizar su sueño de tener una casa propia, un objetivo que su madre se trazó desde muy pequeña. Todos parecían estar felices por el cambio, menos Constanza, pues tenía su grupo de amigos bien armado y a ella le costaba un montón tener confianza en las personas.

En la población fueron recibidos de a poco. La casa donde llegaron estaba frente a la cancha y los hermanos más chicos de Constanza se la pasaban toda la tarde viendo cómo la mascota del “Liberpol” hacía sus piruetas, ahora con un pequeño grupo de acróbatas que le secundaban en las coreografías, unas muchachas que practicaban gimnasia artística en el centro cultural y animaban los partidos.

Durante las primeras semanas, Constanza solo se dedicaba a mirar por la ventana cómo sus hermanos chicos, ya integrados, pasaban el tiempo en la cancha. Ella solo quería hablar un poco con alguien. Sin embargo, lo que más extrañaba eran las prácticas de fútbol. Siempre fue fanática de jugar de “creadora”, con la 10, y seguía con atención los partidos masculinos y femeninos de Universidad Católica. Y, aunque no logró entrar a la cantera juvenil del equipo en La Serena, había movido cielo, tierra y mar para encontrar un equipo que la aceptara: lo encontró un mes antes de mudarse. Por ahora pensaba si acaso la gimnasia artística podía ser una alternativa a sus ansias deportivas, aunque miraba con desdén a quienes la practicaban. Pensaba que solo el fútbol era un deporte digno por conquistar, pues desde siempre representó un campo de dominio masculino, por lo que llegar a ser futbolista, o siquiera practicar ese deporte, había logrado más por la causa de las mujeres que en cualquier otra disciplina.

Como cualquier otro día, sus hermanos pequeños, después de llegar del colegio y comer algo, se fueron disparados a la plaza mientras Constanza continuaba viendo por la ventana y recordando los partidos en que logró entrar durante su corta permanencia en el equipo de fútbol. De pronto, una pelota le pasó muy cerca a uno de sus hermanos, haciéndolo llorar del susto. Ella salió disparada de la casa, pero al llegar vio cómo una de las acróbatas tomó la pelota y la pateó muy fuerte lejos de la cancha, con un efecto impresionante. Recordó al momento el famoso tiro libre de Roberto Carlos a Francia. Mientras asimilaba esto, una de las chicas se acercó a su hermano tratando de consolarlo y le dio un dulce para animarlo. En eso, llegaron cinco sujetos, al parecer de la misma edad que las acróbatas.

– Se nos cayó una pelota por estos lados, queremos saber si la han visto- les dijo uno.

– Primero que todo, buenas tardes, mi nombre es Antonia. ¿Tú quién eres?

El chico, sorprendido, le respondió con risa:

– Víctor Ernesto. Ellos son Exequiel, Matias, Jean Pierre y Esteban. Somos del Milan City, por si no nos conocen. Estábamos entrenando y salió lejos nuestra pelota, la andamos buscando.

– Me parece -respondió Antonia-. Nosotras somos del equipo de acrobacia del Liberpol. Antonia, Camila -dijo apuntando a la derecha-, y ellas dos son Sofía y Ángela…

– Suena bien -la interrumpió Víctor-, pero todavía andamos buscando nuestra pelota.

La reacción de ambos grupos fue por la rivalidad histórica de sus equipos. Los choques entre el Liberpol y el Milan City eran los más polémicos y entretenidos de la zona, pero en el último tiempo quienes llevaban la delantera en triunfos eran los segundos y tenían cierto aire de campeón.

– Mira, casi le llega en la cabeza a uno de los niños y, de la rabia que nos dio, la tiramos lejos. Perdón por la reacción, de todas formas ya la fueron a buscar- le respondió Antonia.

– Creo que se excedieron, fue un accidente- dijo Víctor.

– Ya pedimos disculpas. Mira, ahí te la traen.

Sofía trajo el balón y se lo pasó a Víctor. Este lo miró, lo tomó y lo botó.

– ¿Qué te pasó?- le preguntó Antonia.

– Se le peló un casco, parece que le pegaron con rabia- espetó Víctor.

Mientras Antonia y Víctor discutían, el hermano de Constanza se había acercado a su hermana, quien todavía pensaba en el tiro de una de las chicas, a quien identificó como Camila. Parecía, además, que los del Milan City sí eran jugadores preparados y sí tenían entrenamiento para ser, como decían ellos, el mejor equipo de la población.

– Como nos rompieron la pelota, nos tienen que pagar una. Es eso o pasarnos su lado de la cancha para entrenar- les amenazó Víctor, mientras su grupo miraba inquieto, entre risas nerviosas.

– Claro que no, no tenemos plata y nuestro único espacio para entrenar gimnasia es este- le señaló Camila.

– Si no pueden pagarla, nos pasan el espacio- dijo nuevamente Víctor.

– Ni siquiera es nuestro, es de todos. No tiene sentido pedirnos eso- exclamó Sofía.

– Entonces hagan un bingo o vendan flores, dicen en la tele que están más baratas y el que se levanta temprano y solo piensa en el trabajo, lo consigue- les insistió Exequiel.

El grupo del Milan City sabía que el pedido era imposible, pero se mantenían firmes en los reclamos de Victor.

– ¿Por qué no lo arreglan con un partido en esta multicancha?- dijo Constanza que sin notarlo, había caminado hasta donde estaba el conflicto y, al parecer, había pensado en voz alta.

– ¿Para qué? El equipo de ustedes no es de la población. Esta cancha no la hemos usado nunca y tenemos que entrenar para un partido importante, no queremos perder tiempo.

– Ustedes son cinco y nosotras somos cinco -dijo Constanza, incluyéndose ya en el grupo de chicas-. ¿Acaso los campeones no se atreven? Y si tienen un partido más importante, ¿por qué no aprovechar de entrenar contra nosotras?

Víctor miró a su grupo. Ellos lo evitaron.

– Pero si está claro que les vamos a ganar -dijo-. Parece que eres nueva porque nunca te he visto, pero nosotros nos conocemos de siempre. Además que somos más grandes, en un choque es claro que las sacamos volando- continuó Víctor.

Las chicas se quedaron mirando a Constanza, a quien no conocían, pero les pareció que estaba segura de lo que estaba diciendo.

– No creo que sea desigual, así que mantenemos el desafío- se adelantó Camila.

– Me parece una buena idea- apoyó Sofía.

– ¿Ah, sí? -dijo Víctor, desafiante-. Entonces nos vemos mañana, aquí mismo, a las 8. El que gane, pondrá las condiciones por pagar- sentenció. Inmediatamente se retiró junto a su grupo, quienes parecían tener cara de preocupación

Las chicas se acercaron a Constanza y, tras presentarse, le comentaron que no tenían intenciones de jugar un partido contra el Milan City; que en ese grupo, en especial en Víctor, era conocida la costumbre de recordarle a todos que son los campeones y los mejores de toda la población. Constanza las escuchó y les dijo que, por el tiro de Camila, creía que sabían jugar a la pelota y muy bien, o que al menos pateaban con precisión.

– En todo caso, te agradecemos el apoyo -le dijo Ángela-, pero no sabemos quién eres. Unos cabros chicos nos contaron de una niña que se llama Constanza, que asumo debes ser tú, y que jugaba fútbol antes de llegar a vivir acá. Que jugabas con la 10. 

– Creo que es todo lo que necesitan saber para dejar que les ayude en el partido de mañana- le confirmó Constanza.

Sin más opción, las chicas aceptaron integrar a Constanza en el equipo, pero antes de entrenar para el partido, se pusieron a practicar gimnasia artística, porque tenían un evento en tres días y la interrupción del Milan City les atrasó el horario, por lo que Constanza se sentó junto a sus hermanos a observar. Pese a sentirse incómoda al inicio por sus prejuicios sobre la disciplina, le sorprendió el nivel de compromiso que tenía cada una de las integrantes. Al parecer, pensaba, detrás de esos saltos y bailes, hay un inmenso potencial en quienes lo practican. Incluso se confesaba en su mente que le gustaría unirse, pero todavía quería integrarse a un equipo de fútbol.

Tras un par de horas de gimnasia, comenzaron a preparar el partido del día siguiente y, después de comer algo que compraron entre todas, se instalaron en la cancha y comenzaron a darse pases. Era impresionante el nivel que tenían, pensaba Constanza, sorprendida de que quienes estaban hace unos minutos realizando piruetas y saltos, ahora estuvieran con tantas ganas pateando el balón. Una hora después, ya estaban listas y con sus posiciones definidas para el partido del día siguiente y, aunque estaban cansadas y adoloridas, parecían entusiasmadas por lo que se venía. Era primera vez que en esa cancha se iban a enfrentar un equipo masculino y otro femenino, seguro sería parte de la historia de la población.

“¿Cómo se llama esta plaza?”, preguntó Constanza de repente. Angela, la más silenciosa del grupo, le respondió: “Estambul”. Le contó que esa plaza siempre había sido testigo de todos los grandes sucesos de la población y que ahí se construía la historia de todos. Algunos árboles altos, con pedazos de pasto no tan bien cuidados y un par de espacios que los grupos se toman para practicar los bailes y, en la mitad de todo, la famosa cancha. 

Esa noche, Constanza la pasó en vela. Imaginaba el partido, hacer el último gol en el último minuto, justo antes de los penales. Que se ganaría el corazón de todas y todos, hasta imaginó el nombre: el “Milagro de la plaza Estambul”. 

La despertó, ya cerca del mediodía, una pelota que golpeó su ventana. Se levantó de golpe al ver la hora, fue a la cocina a toda velocidad con su camiseta de la selección femenina autografiada y tragó el desayuno. Su madre le preguntó si el pelotazo era una invitación para ella. Constanza le respondió que sí, que tenía un partido muy importante con un grupo de chicas de la población. Su madre, feliz de verla así, le pidió llevar a sus hermanos a la olla común que estaban haciendo en la cancha de la plaza. Al parecer, la mascota del Liberpol iba a hacer un acto para los más pequeños. Casi sin escuchar, Constanza arrastró a sus hermanos hacia afuera.

Su sorpresa fue mayúscula al ver la plaza Estambul todavía con más vida. En el centro, en plena cancha, en unas cinco grandes ollas se preparaba algo que olía muy bien. Vio los escudos de los dos equipos más populares de la poblaciones juntos sobre las dos mascotas de los equipos que hacían un show mientras niños y niñas de todas las edades reían. Sus hermanos corrieron directo hacia allá.

Siguió recorriendo la plaza y pudo ver a sus compañeras de equipo en distintas actividades con una docena de personas cada una, pero fue aún más grande la sorpresa cuando vio a los mismos jóvenes que el día anterior habían hecho un escándalo por una pelota, muy entusiasmados repartiendo sopaipillas, completos y bebidas. 

Mientras Constanza trataba de asimilar todo, se le acercó Sofía y, con un abrazo, le dio la bienvenida a la olla común. El motivo era triste: la sede del Milan City se había incendiado durante la noche. El fin era recaudar fondos para, al menos, poder ayudar a la mascota de ese equipo que, además, era el nochero del lugar y que había quedado sin casa y sin trabajo. Le contó, además, que habían sido las familias de los jugadores del Milan City los que llamaron a todos los miembros del club para organizar la olla común, consiguieron los premios para los bingos y vender cualquier otra cosa para juntar plata. Le comentó que ellas habían llegado temprano a la cancha para seguir con la rutina de gimnasia y luego prepararse para el partido de la noche, pero que cuando supieron lo que había pasado, decidieron unirse y ayudar. 

– Estamos todas en algo distinto: Antonia haciendo algo de su freestyle con algunos muchachos que se suben a las micros; Camila, allá, contando algunos cuentos y enseñándoles algo del vocabulario mapuzungun a los niños. Ángela, allá, ayudando en la cocina de la olla común con su mamá -dijo Sofía mientras apuntaba con el índice.

La tomó de los hombros y la llevó hasta donde estaban improvisando un bingo; algunos de los premios eran pelotas que los muchachos del Milan City habían donado. Constanza se quedó ayudando ahí hasta la hora de almuerzo, momento en que el grupo de chicas se juntó de nuevo. Las interrumpió Víctor, quien les dio las gracias por su apoyo en la improvisada actividad. Camila sugirió que cambiaran el partido de la noche a una exhibición entre ellos para que la gente siguiera comprando, a lo que aceptó gustosamente.

El partido, finalmente, fue casi exactamente como Constanza lo soñó: con un marcador apretado, un juego rápido y animado, y con ella anotando el último gol al último minuto mientras todas gritaban. Incluso los del equipo rival la felicitaron por la excelente definición. Constanza sabía que ese día sería recordado como el “milagro de Estambul”, pero para ella no sería por un partido entre hombres y mujeres, ni menos por haber ganado, sino porque había hecho equipo con personas así de entregadas. Era su milagro y estaba agradecida por sentirlo así.

Este relato es parte del Ciclo de lecturas deportivas. Otras entradas de este ciclo son:

19 de diciembre de 1971 – Roberto Fontanarrosa
El reposo del centrojás – Osvaldo Soriano
El penal más largo del mundo – Osvaldo Soriano
Amistad de tablón – Pamela Jáuregui Tobar
De Izquierdas – Salvador González
Cómo me hice escritor por “default” – Luis Sepúlveda
El gol histórico – Boris Sepúlveda
La historia del chuncho y del albo que le enseñó a amar el fútbol – Odiseo
Plata – Diego Alonso
Cuánto le falta a tu amigo – Odiseo
El 10 de las primas – Boris Sepúlveda

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