Obdulio Varela, un ídolo paradójico

Escribía el profesor Armando Fernández, amigo muy cercano de Obdulio Varela, que al capitán de aquella recordada selección uruguaya campeona del mundo lo conocían y recordaban todos, pero que, paradójicamente, aquellos recuerdos solo se hacían presentes los 16 de julio, aniversario de la final del mundial de Brasil de 1950. El Maracanazo. 

Y tal vez tenía razón incluso en un sentido más amplio. Porque sobre su vida, pese a que en la imagen popular se tiene a Obdulio como a alguien que venía “desde abajo”, con la vaguedad que conlleva la expresión, no se recuerda tanto que debió trabajar desde los 8 años vendiendo diarios, de lustrabotas y de portero hasta la madrugada para ayudar a sustentar a su numerosa familia. Que sus inicios en el fútbol fueron solo los fines de semana, pues durante la semana su responsabilidad era ser peón de obras. Que el capitán de aquel equipo y el protagonista de aquel inolvidable suceso fue un uruguayo forjado completamente en las calles. Mucho de él, finalmente, se recuerda en torno al mito de aquel partido.

Se recuerda también de Obdulio su particular forma de celebrar aquella final: escapándose de los homenajes oficiales para recorrer las calles de Rio de Janeiro. Que en aquella primera y ceremoniosa comida, todos los dirigentes uruguayos inflaban el pecho, incluyendo a aquel que le dijo al plantel en el camarín, justo antes de la final, que estaba bien si perdían solo por cuatro goles -dirigentes que, luego, mandarían a hacer medallas de oro para condecorarse a ellos mismos mientras los jugadores solo recibirían medallas plateadas-. Que los jugadores brasileños presentes, obligados a participar, estaban destrozados por completo. Dando vueltas por las calles, descubrió que aquella desazón no era exclusiva de los jugadores; todo el pueblo de Brasil sufría en las calles. Sintió la necesidad de acercárseles y pedir disculpas por haberles provocado tamaña tristeza. Porque, aunque hubieran sido rivales en la cancha, no eran sus enemigos, sino un pueblo carente y sufriente igual que el suyo, igual que el uruguayo. Y que más que enemigos, eran el mismo pueblo, solo que victorioso y vencido. Y así, para el capitán campeón del mundo pasaron las copas y los bares en compañía de los derrotados hasta el amanecer.

Pero la conciencia de pueblo y de clase de Obdulio Jacinto Muiños no era algo particular de aquel momento. Desde su infancia había vivido las carencias e injusticias y parte importante de su motor, era combatirlas. Se habla mucho del campeonato mundial de 1950, pero poco de que la selección uruguaya estuvo cerca de no participar. Entre el 14 de octubre de 1948 y el 3 de mayo de 1949, los futbolistas uruguayos participaron de una de las huelgas más extensas e importantes que haya visto el deporte latinoamericano. La huelga fue amparada por la Mutual Uruguaya de Jugadores de Fútbol (o Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales, MUFP), creada en 1946 y de la que Obdulio Varela fue fundador y primer vicepresidente elegido por la asamblea. El establecimiento del sindicato de futbolistas era algo enormemente necesario para el medio; hasta ese momento, los jugadores eran tratados casi como propiedad soberana del club para el que trabajaban, pudiendo llegar a retenerlos indefinidamente para evitar algún traspaso que fuera conveniente para el deportista, pero contraproducente para la institución. Las negociaciones para detener la huelga se dilataron porque los dirigentes, confiando que la situación se haría insostenible para los trabajadores de fútbol, ofrecieron solo migajas. Los futbolistas, no obstante, no claudicaron y buscaron formas alternativas para financiarse. Varela, por ejemplo, trabajó de peón de obras, en su niñez, para poder tener acceso a un salario. La recientemente formada mutual auspició numerosos partidos amistosos para poder llevar sustento a sus afiliados. No hubo logros totales en pos de la libertad de trabajo, pero sí avances sustanciales y, una vez terminado el conflicto, los directivos de Peñarol, quienes habían estado en contra de la huelga desde el primer momento, le enviaron a Obdulio una cocina como bono para firmar el nuevo contrato de trabajo. Varela devolvió la cocina sin siquiera bajarla del camión.

Obdulio Varela en la huelga de futbolistas de 1948.

Ese sentido de justicia con los demás en tanto trabajadores fue algo que lo acompañó siempre. Como la vez en que se enfrentó a los dirigentes de Peñarol por haber recibido un bono de 500 pesos, mientras que el resto de sus compañeros recibió solo la mitad: “Yo no jugué ni más ni menos que nadie. O nos pagan a todos lo que me pagan a mí, o me pagan a mí los 250”. Finalmente, 500 recibieron todos los jugadores del plantel. Algo similar ocurrió cuando la Asociación Uruguaya de Fútbol les entregó una pensión honorífica a los campeones del mundial de 1950 con notorias diferencias de monto entre los beneficiados. Tras alzar la voz Varela y otros compañeros, se regularizó la situación. 

Porque para Obdulio, ser un ídolo no se contraponía a su plena conciencia de sí mismo como trabajador, una paradoja que quizá es más actual debido a la absoluta penetración del mercado y del capital en el fútbol. No tan recordado es aquel suceso en el que la dirigencia de Peñarol se consiguió un auspiciador para su camiseta y él fue el único que se negó a ser parte de las promociones publicitarias. “Se acabó el tiempo de la esclavitud”, dijo, “a mí me contrataron para jugar al fútbol. Si quieren un hombre afiche, contraten a uno”. Para el próximo partido, todos los jugadores de Peñarol entraron con la camiseta con el auspiciador, a excepción de Varela.

Y la paradoja final, tal vez, es que aquel hombre tan recordado, idolatrado, corazón de más de un pueblo, haya tenido una vejez solitaria, descontando los esporádicos homenajes que se le hicieron durante sus últimos años. Una vejez carente en una sociedad donde la falta de apoyo a quienes ven su vida de deportista acabada, es ley. Así, muchos de sus recuerdos, de los recuerdos de toda una vida y de todo un pueblo asociado a la camiseta celeste, fueron rematados. Zapatos de fútbol usados en aquel mundial de Brasil, medallas conseguidas en distintos eventos e incluso el pasaporte con el que viajó a los mundiales de 1950 y 1954 pasaron por martileros para poder solventar, en parte, sus últimos años. Una vejez con todas las carencias de un jubilado cualquiera, pero que, finalmente, es en aquel sentimiento de pueblo con propiedad, de sentirse parte de la persona común, en aquella conciencia completa de clase donde reside su verdadero legado.

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