¿Cuánto le falta a tu amigo?

Por Odiseo
Cronista y escritor

Me acuerdo de un chiste de Natalia Valdebenito en el que cuenta que para algunos, su partido en la población, en el barrio, es su partido, es su Libertadores, es su Champions League. Lo que esperaban toda la tarde para encontrarse con sus compañeros en la cancha. Hacer el mejor esfuerzo para que la pareja les diera el visto bueno, para luego volver a la casa, empapado, con la cara boca abajo y un aire de decepción porque la cancha la estaban ocupando otros equipos o porque el tío no llegó para abrirles la reja. 

En lo personal, me fascina el chiste porque me identifica. Cuando me llaman o me mandan algún mensaje avisando que hay partido y que faltan jugadores, solo es cosa de ordenar el horario, aceptar y esperar a que las horas pasen volando. A medida de que avanza el tiempo, uno va recordando los errores de anteriores partidos, la posición que más le favorece o las faltas que recibió, pero la incertidumbre es mayor cuando no avisan quienes irán o si son amigos del que invitó. Te pasas mil y un rollos y solo quieres que llegue la hora fijada.

Esta vez llegaste de los primeros, la cancha que ocupan afortunadamente está vacía, así que te ahorras la pelea por el espacio o la demora. Aunque igual toca tener paciencia cuando se invita a los precisos, no sobra ni falta alguno. Alguien se asegura y llega con uno o dos amigos más, calzando con que uno de los primero invitados no pudo venir por apremios de último minuto -o quizás no quería ir y no encontraba la manera de rechazar la invitación-.

El tío de las llaves te pregunta si acaso están todos o faltan jugadores, les recuerda que no estará ahí toda la noche y pronto tendrá que cerrar. Uno piensa si acaso existirá una manera de esperar más rápido o si a los demás les habrá pasado algo. Para calmar los ánimos, agarras el primer balón y empiezas a calentar con algunos jugadores que ya llegaron; entre ellos, amigos de quienes te invitaron en primer lugar. Se presentan a medida que se dan pases, conversan de sus actividades del día, hasta confiesan que le mintieron a las parejas o a los compañeros del trabajo para tener un tiempo para jugar. Todo esto sucede mientras se pasan la pelota y hacen pequeños trucos. Cuando entran en confianza, reconocen las posiciones en las que les gusta jugar y no tan solo las que les asignan. Entonces empieza el juego previo de verdad, hacer habilitaciones, tiros al arco desde tiros libres o penales y el infaltable centro con cabezazos arriesgados

El tío de las llaves muestra impaciencia: son el último grupo y los amigos que te invitaron aún no llegan. Faltan las “estrellas”, los gestores de esta pequeña “champions”, porque para todos es un partido importante, por más que se diga que solo se trata de jugar y botar energías luego de una semana llena de estrés. Con las poleras de sus equipos favoritos o de clubes y países destacados, se imaginan haciendo las piruetas y que las gradas de esa cancha en la mitad de la población están llenas de quienes esperan que el gol que tú haces sea el gol de oro, el gol del triunfo. Algunos hasta se dan el lujo de imitar a sus jugadores preferidos.

Hay unos cuantos que, mientras dan pases, y ya habiéndose ubicado de partidos anteriores, conversan sobre asuntos más personales, como temas familiares, el acontecer nacional, la situación política, el estallido social. Se cuentan historias de las marchas en que participaron y como casi los moja el “guanaco”. Se lamentan también que el torneo nacional haya sido cancelado, aunque algunos entienden que la situación ameritaba la suspensión; los problemas del país son tan grandes que, aunque uno no los comprenda en su totalidad, uno debe informarse lo más que pueda y aprovechar esos espacios para al menos conversarlos.

De pronto, te llama tu amigo que había organizado el partido y te cuenta que no podrá ir porque le surgió un asunto familiar de último momento. El tío de las llaves se pone feliz; es el único. Regresas triste a casa, con una tremenda decepción y te preguntan por qué llegaste tan temprano.

Este relato es parte del Ciclo de Lecturas Deportivas. Puedes enviarnos tu escrito a contacto@revistaobdulio.org

Otras entradas de este ciclo:

19 de diciembre de 1971 – Roberto Fontanarrosa
El reposo del centrojás – Osvaldo Soriano
El penal más largo del mundo – Osvaldo Soriano
Amistad de tablón – Pamela Jáuregui Tobar
De Izquierdas – Salvador González
Cómo me hice escritor por “default” – Luis Sepúlveda
El gol histórico – Boris Sepúlveda
La historia del chuncho y del albo que le enseñó a amar el fútbol – Odiseo
Plata – Diego Alonso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s