Djokovic, antivacunas: la responsabilidad de los y las deportistas

Novak Djokovic suele hacer noticia por su presencia en las finales más importantes del mundo del tenis. No sorprende: es considerado uno de los mejores tenistas masculinos de la historia. Como tal, y siendo parte del entramado mercantil que ha cooptado al deporte, sus palabras son generalmente replicadas y amplificadas por medios de comunicación. Millones de seguidores a través de sus redes sociales; múltiples revistas, diarios y noticieros; entrevistas en medios con variados públicos. Cuando Djokovic habla, más de alguien escucha.

Por esta razón, preocupa y mucho la posición que ha adoptado últimamente sobre la pandemia de COVID-19. En sus comentarios a distintos medios y en redes sociales, Djokovic se ha mostrado como un serio opositor a las vacunas, llegando a mencionar que ponía en duda su regreso a la actividad si la Asociación de Tenis Profesional (ATP), órgano rector de ese deporte, obligaba a los y las deportistas a someterse a una futura vacuna contra el virus para poder participar nuevamente de torneos de tenis rentado.

Lo primero que es necesario aclarar es la seguridad y efectividad de las vacunas. No existe ningún tipo de prueba que sea mínimamente creíble con respecto a algún problema que la vacunación pudiera ocasionar. De hecho, la evidencia indica completamente lo contrario: la emergencia de una vacuna provoca solamente beneficios en los distintos sistemas y programas de salud pública. Poliomielitis, por ejemplo, o la reciente vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH). Es más, el caos que se observa en el mundo hoy por hoy, y el pánico que ha provocado el coronavirus es precisamente por la no existencia de una vacuna que lo combata. Todos los esfuerzos de la comunidad científica están puestos en este descubrimiento por dicha razón. No solo de compañías farmacéuticas, cabe decir: también numerosas universidades públicas alrededor del mundo han puesto a disposición sus instalaciones y equipos de investigación para resolver uno de los problemas de salud más importantes que ha enfrentado la humanidad en este siglo.

Cuando el mensaje es, como en este caso, que las vacunas no son seguras, lo que hace es potenciar con su enorme vitrina el oscurantismo científico y la falta de evidencia como una virtud

Es más sencillo, no obstante, sostener este tipo de creencias cuando la vida propia no está en juego. Djokovic ha ganado en su carrera, solo en concepto de premios (o sea, sin contar distintos tipos de patrocinio), más de 130 millones de dólares (lo que equivale a cerca de 25 mil años de ingreso mínimo de un trabajador chileno). Tanto su fortuna como su fama prácticamente le aseguran a él y su familia la mejor cobertura de salud que pueda encontrarse -y pagarse- en el mundo. Difícilmente habrá para él colapso en las redes asistenciales, traslados imposibles y tratamientos inalcanzables. Es fácil perder la noción de realidad cuando se vive durante meses en un ambiente profesional tan competitivo como el del tenis profesional y un ambiente de relajo que tiene todas las comodidades y lujos imaginables.

Lo que es quizá un problema mayor es que estos comentarios nocivos se hacen desde esa plataforma gigante. Millones de personas escuchan atentamente cada mensaje de Djokovic, en tanto figura deportiva y mediática altamente reconocible. Esto, quiéralo él o no, lo pone en una posición ventajosa a la hora de emitir su opinión. Cuando dice que las vacunas no son seguras, pone en peligro a parte importante de la población y potencia además el oscurantismo científico y la falta de evidencia como una virtud. Millones de personas, jóvenes o desinformadas, ven a uno de sus ídolos hablar sobre la inseguridad que podría traer una futura vacuna para combatir la pandemia, y podrían verse influenciadas por ello. 

La plataforma sociopolítica que genera el estrellato en los deportes es, en parte, producto de las compañías deportivas y mediáticas que ven en el enaltecimiento de una figura, mejores posibilidades de obtener beneficios monetarios. Pero es también una responsabilidad que adquiere de facto -no necesariamente con intención- cada deportista. Así como se enaltecen las figuras de Muhammad Ali o de Jackie Robinson por su lucha ante el racismo, de Catalina Carrillo y Macarena Orellana como activistas lesbofeministas, o de Sócrates y Carlos Caszely por oponerse a gobiernos dictatoriales, deben ser criticadas las figuras que utilizan dicha tarima de manera irresponsable. Como Djokovic oponiéndose a las vacunas o fomentando la teoría sin sustento de la memoria de agua, o el racismo y la homofobia de Margaret Court, máxima ganadora de Grand Slams femeninos en la historia.

El deporte es un espacio político, sí, pero no puede darse por sentado que sea de resistencia. Esa resistencia debe ser construida e impulsada desde los distintos sectores, incluyendo al deportivo, por todos y todas quienes buscamos un mundo más seguro y justo.

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