Luis Sepúlveda: Cómo me hice escritor por default

El día de hoy despertamos con la noticia de la partida de Luis Sepúlveda debido a complicaciones producto del coronavirus. El escritor chileno, detenido por la dictadura militar de Augusto Pinochet en Temuco y luego exiliado, fue autor de, entre otros, “Un viejo que leía novelas de amor” e “Historia de una gaviota y el gato que le enseñó a volar”. Hincha acérrimo del histórico club chileno Magallanes, en esta columna escrita hace años para el diario Clarín de Argentina cuenta cómo llegó a ser escritor gracias, en parte, al fútbol. Una historia vívida enmarcada en el Ciclo de Lecturas Deportivas, en la que, nuevamente, se entrelazan el deporte y la cultura a través de hechos cotidianos.

A veces, motivado por amigos he hecho algunas confesiones referentes a cómo y por qué diablos decidí ser un escritor o, dicho de una manera más modesta, acercarme a la literatura. A veces envidio a los escritores y escritoras que confiesan haber vivido en compañía de vetustas y bien surtidas bibliotecas familiares, a las que con cierta coquetería culpan de “haber despertado la vocación”. No es mi caso. Crecí en un barrio proletario de Santiago de Chile y, aunque en mi casa había algunos libros, sobre todo literatura de aventuras, Jules Verne, Emilio Salgari, Jack London, Karl May, sería de una vanidad espantosa decir que se trataba de una biblioteca, y más todavía culpar a esos inocentes libros de lo que hago. No. Yo me hice escritor por el fútbol.

Cuando era un niño, o un pre-adolescente de 13 años, mi gran sueño era destacar en el fútbol y llegar a ser un día profesional de ese gran deporte. Me veía con la camiseta del club de mis amores, el Magallanes, el decano del fútbol chileno y, si todo iba bien, algún día vestiría la roja camiseta de la selección chilena. No jugaba mal. Era delantero en el equipo infantil del “Unidos Venceremos F. C.”, uno de los cuatro clubes de mi barrio Vivaceta, ilustre rincón de Santiago salpicado de fábricas textiles, burdeles, quilombos, boliches en los que servían vino recio, dos estadios y orgullosamente proleta. Además, el barrio era cuna del “Chamaco” Valdés, que por entonces jugaba en el Colo Colo, acababa de ficharlo La Juve en Italia y, desde luego, era delantero de la selección. Pedigrí no faltaba en el barrio.

Así, mi acercamiento a la literatura empezó un domingo de verano y mientras, con mis botines de fútbol al hombro, caminaba hacia el estadio Lo Sáenz, propiedad del sindicato Santiago Watt, que aglutinaba a los obreros de la compañía chilena de electricidad, “Chilectra”, campo en el que se disputaba la copa del barrio.

En esos años, uno cuidaba muy bien sus botines, los embadurnaba con grasa de caballo y, según las características del campo de fútbol en que se jugaba, se cambiaban los estoperoles; blandos, de goma de viejos neumáticos cuando se jugaba en cancha de tierra, duros, generalmente de suela cuando el terreno estaba muy seco, y livianos, casi siempre de hueso, cuando teníamos el placer de jugar en un campo de césped.

Nuestro “Mister Pipa” –llamado así en homenaje el entrenador del cómic más leído en Chile, “Barrabases”, que dibujado enteramente por Themo Lobos cada semana entregaba un partido de fútbol imaginario– nos aconsejaba en el camerino y explicaba su táctica. Jugábamos con la clásica formación 4-2-4 y yo solía jugar de 11 o de 10, cuando nuestro ariete, el Chico Valdés, por alguna razón faltaba. Además me correspondía tirar los penaltys y, modestamente, rara vez fallé. Por último, mi misión era defender la pelota casi en el ángulo de corner y desde ahí lanzar buenos centros a los muchachos que invadían el área enemiga.

Aquel domingo caminaba por mi calle, era temprano porque los “infantiles” jugábamos a las 10 de la mañana, cuando de pronto vi un camión de mudanzas frente a una casa. Una nueva familia llegaba a vivir en mi barrio, una pareja de adultos trasladaban muebles desde el camión a la vivienda, me ofrecí a echar una mano y, cuando cargaba una pequeña mesa, la vi.

Era la chica más hermosa que había visto en mis trece años de vida. Fue verla y transformarme en una furia cargadora de sillas, mesas, colchones, atados de ropa, cajas. No exagero al decir que prácticamente yo solo bajé del camión y llevé a la casa la mayor parte de los bienes de esa familia. Cuando sentí que debía ir al estadio me despedí, la madre insistió en que me sirviera un refresco y ordenó a la hija que me trajera una “Orange Crush”. Recibí la botella emocionado, y entonces la madre dijo: –Gloria, ¿por qué no invitas a tu amigo a tu cumpleaños el próximo domingo?

A decir verdad, la chica más hermosa que había visto en mis trece años de vida me invitó sin demasiado entusiasmo. Y yo marché al estadio repitiendo su nombre: Gloria. Me sentía en la gloria.

Aquella mañana jugué mal. Muy mal. Incluso perdí varios pases que eran mi especialidad. El Mister me gritaba: ¡Concéntrate! ¡¿Qué diablos te pasa?! Yo estaba en la gloria. Los infantiles jugábamos dos tiempos de quince minutos. El segundo tiempo lo hice en el banquillo. El Mister me tomaba la temperatura, preguntaba qué había desayunado. Yo seguía en la gloria. Ese partido terminó en derrota del “Unidos Venceremos F.C.” Todos mis compañeros me insultaban, el Mister llamaba a la calma diciendo que la nobleza del fútbol está en saber encajar las derrotas. Y yo seguía en la gloria.

Pasé una semana atroz pensando en qué regalar a Gloria por su cumpleaños. ¿Un disco? Ignoraba sus gustos musicales. ¿Un libro? ¿Cuál? ¿Una barra del mejor chocolate “Costa”? ¿ Y si no le gustaba? Finalmente decidí desprenderme del mayor de mis tesoros, el más preciado de mis bienes, y no me dolió hacerlo. Así, el domingo siguiente, a las cinco de la tarde fui hasta la casa de Gloria con mi tesoro bien empaquetado en un vistoso papel de regalo. La encontré rodeada de otros chicos del barrio, risueña, más hermosa que el domingo pasado y, abriéndome paso a codazos, llegué hasta ella. Temblando de emoción le di el abrazo, le musité un feliz cumpleaños y le entregué el regalo.

–Gracias– dijo, y lo dejó sobre un mueble en el que había otros paquetes primorosamente envueltos.

–Abrelo– indiqué con una voz que trataba de ser segura, pero sin conseguirlo.

–Me gusta abrir los regalos cuando estoy sola- respondió, y dedicó toda su atención a los otros chicos que la rodeaban.

–¡Ahora! ¡Abrelo ahora!– ordené, con la seguridad de saber que, apenas viera mi regalo, esa corte de tiburones se esfumaría al instante.

Sus hermosos ojos que pasaban del marrón claro al verde esmeralda se abrieron en un gesto de sorpresa, tomó el paquete, quitó la cinta, lo desenvolvió, y ante mi estupefacción cogió el mayor de mis tesoros con el gesto que cualquiera emplea para coger un ratón muerto. Musitó un “gracias” desganado y volvió a dejarlo junto a los demás obsequios recibidos.

Más de una vez había escuchado a mi padre rezongar qué difícil es entender a las mujeres, y esa tarde supe que mi viejo tenía razón. Nuevamente me abrí paso entre los tiburones que la rodeaban, me planté frente a ella y le pregunté si sabía qué era mi regalo.

–Una foto. Y ya te di las gracias– contestó y dirigió sus ojos al grupo de tiburones que murmuraban: “Esfúmate, plomo”, “Anda a ver si está lloviendo” y otras frases francamente hostiles. El Mister repetía que la nobleza del fútbol está en saber encajar las derrotas, pero también insistía en que la victoria anida en la perseverancia. Así que volví a plantarme frente a sus hermosos ojos a explicarle qué le había regalado.

–No, Gloria. No es una foto. Es La Foto– exclamé enseñándole la fotografía de la selección chilena de fútbol con la firma de todos los cracks que en el campeonato mundial, jugado en Chile en 1962, es decir hacía muy pocos meses, habían logrado un tercer lugar que honraría para siempre al fútbol chileno. Horas, días, semanas, meses me había costado conseguir todas esas firmas, entre las que destacaban las de Michael Escutti, el portero, de Jorge Toro, el goleador máximo, de Leonel Sánchez, Tito Foulleaux, de Eladio Rojas que les metió a Lev Yashin un gol de media cancha y el portero ruso, La Araña Negra, lo aplaudió. En esa foto estaban todos los inmortales.

–No me gusta el fútbol– respondió. Y en esa frase conocí el veneno de los amores imposibles, el cruel significado del off side .

–¿Y se puede saber qué diablos te gusta?– le espeté con la certeza de la gloria perdida.

–Me gusta la poesía– dijo antes de desaparecer de mi vida. Pero no desapareció para siempre porque seguí pensando en ella, mirándola de lejos mientras con su uniforme del Liceo 2 de niñas se dirigía a la parada de buses. Un día cayó en mis manos un libro de poemas de Pablo Neruda: Veinte poemas de amor y una canción desesperada . Al leer el poema veinte sentí que Neruda lo había escrito pensando en mí, y en mi gloria perdida. Me convertí en un fervoroso lector de poesía. De García Lorca a Antonio Machado, de Gabriela Mistral a León Felipe, de Neruda a de Rokha, y con el paso del tiempo el amor por las palabras se me reveló como un amor fiel, que jamás me traicionaría. Gloria había desaparecido de mi memoria cuando empecé a escribir poesía, o lo que yo creía que podía ser también poesía.

Dejé de jugar en el “Unidos Venceremos F. C.”, regalé los botines a un amigo, en la cajita de cartón original, con varios juegos de estoperoles y una lata de grasa de caballo. A veces me unía a los chicos que disputaban una pichanga en la calle, generalmente con una pelota de trapo, y apenas alguno me preguntaba: “¿Y que te pasó huachito que dejaste el club?”, me largaba. Ya de joven y pre adulto fui en algunas ocasiones a la sede social del club para la fiesta del aniversario, y con una copa en la mano me quedaba mirando la galería fotográfica. En una foto estaba yo, cuando fuimos campeones del barrio, serio y orgulloso de vestir la camiseta de rayas rojas y blancas. Más tarde y cuando podía iba al estado a ver jugar al Magallanes, y le fui fiel, y le soy fiel a la Vieja Academia. Fiel cuando bajó a segunda, fiel cuando la mala pata le hizo descender de nuevo y terminó jugando en los potreros, fiel cuando subió de nuevo a segunda y de ahí a primera, con su infatigable bandita que toca “manojito de claveles” y otras melodías durante los 90 minutos.

De potencial crack pasé a ser oyente del fútbol por la radio, seguidor de las emociones que trasmitían Sergio Silva y Darío Verdugo: “El delantero se levanta con evidentes signos de dolor en la pierna izquierda y le recomendamos que de inmediato se tome un Mejoral, ¡mejor que mejor mejora Mejoral!” La vida es una suma de dudas y certezas. Tengo una gran duda y una gran certeza. La duda es si la literatura habrá ganado algo con mi militancia en la palabra escrita. Y la certeza es la de saber que, por culpa de la literatura, el fútbol chileno perdió a un gran delantero.

Este relato es parte del Ciclo de Lecturas Deportivas. Puedes enviarnos tu escrito a contacto@revistaobdulio.org

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