De izquierdas

Salvador González
Escritor mexicano
Autor de “En mi mente sigo jugando fútbol”

Urrutia sabía que todas las cosas que había vivido lo habían preparado para ese momento.

Sustentado en ese cliché barato, Urrutia empezó poco a poco a adquirir seguridad para la decisión que tenía que tomar. Era el momento de trascender.

Siempre he creído que en situaciones de estrés o peligro es donde salta la verdadera personalidad de los individuos. En esas ocasiones te llevas grandes sorpresas cuando en casos de emergencia, personajes aparentemente parcos, sin gracia y casi con manos de piedra, se convierten en virtuosos violinistas y resuelven con solvencia y firmeza los problemas; o en su caso, te llevas grandes decepciones cuando, por ejemplo, el salvavidas entra en pánico, se paraliza y se convierte incluso en la persona que tiene que ser rescatada.

En este caso, en esta historia, Urrutia siempre había sido virtuoso, disciplinado, buen compañero y sabia desarrollar y liderar proyectos en equipo de manera sobresaliente.

Era un líder nato: con pasión, animaba a sus compañeros a sacar lo mejor de sí mismos y siempre cumplía con los objetivos que le planteaban. Así que, cuando llegó ese momento clave, ese momento de elegir a alguien para ejecutar la decisión de todos, no hubo nadie que no pensara en él y Urrutia, sin dudarlo, aceptó.

Lo sabía antes de que se lo pidieran y él asumía ese liderazgo con orgullo. No había nadie más preparado que él.

Cuando estuvo frente a todos, el bueno de Urrutia identificó que estaba en uno de esos momentos especiales que te marcan; que años después se siguen recordando. De esos momentos que te convierten en leyenda.

Urrutia, a pesar de la urgencia y presión, se tomó la calma necesaria para saborearlo. Sin ningún aspaviento, guardó silencio y se dispuso a escuchar los murmullos a su alrededor y estos, lejos de incomodarlo, le emocionaban y lo motivaban. 

Urrutia era muy competitivo y por eso se deleitaba sabiendo que tenía la oportunidad de cambiar la historia, de salir de ahí ese día señalado como un ganador y, sobre todo, que ese día quedaría en la memoria de cada uno de los presentes. Que pasarían los años y todos recordarían que él salió victorioso de donde antes, muchos otros, habían salido derrotados.

Llegó la hora. Todos hicieron silencio. Incluso, en ese instante, el director suspendió una junta importante con el sindicato y no pudo evitar asomarse desde la ventana de su oficina en la segunda planta para observar el momento.

Urrutia sabía que esto era una oportunidad que lo convertiría en alguien memorable. Muchos empresarios y personas de otras profesiones esperan toda su vida por una oportunidad así… Y cuando se les presenta, si es que se les presenta, a menudo no la aprovechan o la dejan pasar. Pero definitivamente este no era el caso, o, mejor dicho, no podía ser el caso.

Urrutia se levantó, caminó y unas gotas de sudor cayeron desde su frente. Se las secó con desprecio mientras sus compañeros lo palmeaban en la espalda y, aunque estaban muy temerosos, con sinceridad le dieron toda su confianza. ¡Caray!, era Urrutia, no había de qué preocuparse.

El clima era tenso, todos dejaron sus actividades para estar atentos y no perder ningún detalle. Rodríguez, compañero de toda la vida de Urrutia, lo miro a los ojos, sonrió tímidamente y levantó el pulgar en señal de aprobación. Aunque en el fondo estaba más nervioso que nadie, Rodríguez aparentaba una calma tensa. Estaba tan nervioso que mientras levantaba la mano para dar confianza y aprobación, de los nervios, con la otra mano rompía un lápiz dentro de su bolsillo.

Urrutia, siempre había tomado ese tipo de decisiones con marcada tendencia a la izquierda. Y todos lo sabían; pero qué más daba, a pesar de su radicalidad, las cosas siempre le habían salido bien.

Cuando llegó el momento indicado, mil cosas le pasaron por la cabeza; Urrutia abrió los ojos, dio una gran bocanada de aire, exhaló, aceleró un poco y justo antes de ejecutar su decisión… dudó. 

Dudó porque todos sabían que iría a la izquierda…

Y en ese segundo final, Urrutia, queriendo sorprender a todos, cambió su decisión y cobró el penalti lanzándolo a la derecha.

Le pegó tan mal al balón que salió rodando lastimosamente lento… incluso parecía que iba llorando por tan triste manera de ser pateado.

Nadie supo qué decir. Todos se quedaron congelados, incluyendo, por supuesto, al bueno de Urrutia.

Justo en ese momento, sonó la campana.

Esa maldita campanada que significaba el inevitable final del recreo en la primaria “Cristóbal Colón”.

El director volvió a su junta con el sindicato de profesores.

Jorgito Urrutia falló el penalti… 

Y los de Quinto B, nuevamente, volvieron a perder contra los de Sexto A.

 ***

“El liderazgo debe ser agradable, afable, cordial y sobre todo emocional. La moda del liderazgo autoritario se ha ido. El fútbol es la vida y no se puede estar enojado toda la vida”

Vicente del Bosque   

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Este cuento es parte de la convocatoria Ciclo de Lecturas Deportivas. Puedes enviarnos tu escrito a contacto@revistaobdulio.org

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