La sociedad en tiempos de COVID-19

Álvaro G. Valenzuela Pineda
Colaborador Asamblea de Hinchas Azules

Mi bisabuelo se llamaba Augusto Villafañe León y era coquimbano de nacimiento. El terremoto y posterior maremoto de principios de la década de los 20, lo pilló en la ciudad puerto del norte chico. Desde ese día, él nunca olvidó la experiencia, y mis recuerdos con él tienen de denominador común las historias sobre su amor hacía el club de fútbol de la Universidad de Chile y su vivencia en el terremoto. Sobre este segundo punto, en varias ocasiones me comentó algo que, para él, debía tener presente toda mi vida: “siempre hay que tener guardada una botella de agua grande, los zapatos ordenados con calcetines bajo la cama, una linterna y una radio a pila”.  Llegó el 27 de febrero de 2010 y yo no tenía agua, no encontré nunca mis zapatillas, no tenía linterna ni menos una radio a pila.

El COVID-19 ha mostrado lo peor del sistema que tenemos, no solo como país, sino como planeta. Me equivoco; ha mostrado lo peor de nuestra especie en particular. La poca preparación de un sistema económico, social y de salud para una pandemia llega a ser sorprendente y negligente. Nos pillaron de contra y nos costó reaccionar. Tal como a mí, una noche de verano me sorprendió sin los elementos que mi bisabuelo se preocupó durante 15 años recordarme tener; los distintos países no tenían lo necesario para algo que, según muchos, nunca iba a ocurrir.

Pero pasó, pero ocurrió. El mundo cayó en cuarentena y los gobernadores empezaron a dar manotazos de ahogado. No entendían qué pasaba y posiblemente aún no lo entienden. Un virus logró derribar mitos y mostrar todas las debilidades de un modelo social que se creó con base en un sistema económico. Las caretas se habían caído hace mucho, era tiempo de sincerar ciertas posiciones.

En breve tiempo llegamos al peor escenario posible y, aunque trataron de maquillar la situación, el punto era el siguiente: era tan peligroso salir a la calle como dejar caer el sistema económico, el mismo sistema económico que mostró la fragilidad de un país como el nuestro que necesita del sudor y el sacrificio de la gente para poder continuar. En formas bastantes simples y dramáticas, el flujo circular económico se hacía carne: necesitamos que el trabajador arriesgue su vida, llegue al puesto de trabajo, reciba su sueldo y lo gaste en otros negocios o emprendimientos. Y llegamos a este punto, precisamente, porque no fuimos capaces de seguir los consejos para un terremoto o una calamidad. No fuimos capaces de crear un sistema tributario justo que hiciera pagar los impuestos necesarios para tener un sistema público de salud preventivo, eficiente y que pudiera soportar una alta demanda en poco tiempo (la botella con agua de la que me hablaba mi bisabuelo). También de dotar al Estado con injerencia real sobre la economía nacional, entregando poder de decisión en situaciones como esta para, precisamente, no pedir por favor a los bancos u otras instituciones a que dejen a sus trabajadores en su casa o que tengan consideración con las cuotas de los clientes en mora por la situación actual. No importa el paquete de medidas que se quiera financiar, bajo el modelo actual será insuficiente porque durante las últimas décadas, Chile no se preparó para este momento.

Las empresas tampoco estaban preparadas y es así como aquellas con mucha espalda financiera son las que más han solicitado ayuda estatal, exactamente al mismo Estado al que se han dedicado a desmantelar en reiteradas ocasiones. Entre esas empresas, y por sobre todo tipo de empresas, destacan (era que no) las sociedades anónimas deportivas. Aquellas oportunistas que ante la más mínima ventana, logran agarrar más poder político o económico. Ahora, varias de ellas no dudaron en bajar los sueldos a la primera posibilidad que tuvieron, tampoco titubearon para solicitar créditos que los ayuden a pasar esta crisis a la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP).

Nuevamente, una gestión deficiente muestra a los clubes atrapados en las manos de sociedades anónimas que no tienen planes de contingencia y solo viven de aquello que les pueda dar el Estado del fútbol disfrazado de Canal del fútbol (CDF) o ANFP. Para qué hablar de los hinchas o abonados. Ningún comunicado o noticia sobre las entradas que quedaron por devolver o un aumento del tiempo de uso de los abonos. Solo rebajas en camisetas u otras prendas.

Nos prometieron organizaciones sustentables y así estamos. Patrañas.

El COVID-19 ha sido una pandemia voraz que ha tenido un costo humano incalculable y terrible. Pero no solo ha sido el virus en sí el que ha tomado vidas, también es y seguirá siendo la codicia de unos pocos y la necesidad de muchos de seguir subsistiendo. En todos los casos, llegamos a un Estado poco responsable con su población y que la tiene en riesgo mortal día a día. 

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