La sororidad que el 8M nos deja

Nuestra Cruzada

Tras la doble jornada de huelga feminista en conmemoración del Día de la Mujer nacen pequeñas reflexiones que deseamos compartir, en particular luego de lo sucedido el día 8 de marzo.

En primer lugar, es imposible no referirse a la masividad de asistentes y lo que eso significa. El hecho de que solamente en Santiago, ciudad de siete millones de habitantes, más de un millón de mujeres se haya atrevido a alzar la voz y salir a la calle, podría considerarse como un triunfo del feminismo en sí mismo. Una lucha que hasta hace no muchos años generaba rechazo entre las mujeres, hoy en día tiene sentido de forma transversal. No son casualidad, entonces, las múltiples funas a abusadores que se han hecho públicas en los últimos meses en redes sociales; son parte del mismo fenómeno: día a día la ola feminista se robustece, día a día el patriarcado se debilita.

Desde el plano de la experiencia vivida, es necesario hablar del inevitable sentimiento compartido que evoca un espacio de mujeres. ¿Cómo es posible que el día de la marcha masiva nos hayamos sentido más seguras que nunca en el transporte público? No es difícil darse cuenta de que lo que genera incomodidad en el metro hacinado no es necesariamente la cantidad de personas, sino que la constante posibilidad de ser víctima de acoso. Un vagón lleno de compañeras en sintonía es suficiente para darse cuenta de las implicancias reales de la sororidad, pues ahí emerge la profunda empatía que se tiene con el género, ahí comprendemos que el patriarcado se destruirá solamente a través de nosotras y el poder de la fuerza colectiva. Y, tras esto, se desprende la necesidad de que los espacios de manifestación sean seguros para nosotras, o sea, libres de hombres. El separatismo, muy lejos de ser un capricho, se vuelve el elemento que hace de las calles en manifestación un espacio cargado de sororidad y liberación. Esa empatía que se tiene hacia la otra, que nace del compartir la carga que la sociedad impone por el solo hecho de vivir, naturalmente no existe entre quienes no viven la opresión.

Nunca está de más recordar que, si bien la sororidad se entiende como el amor que sentimos hacia nuestras hermanas, donde todas las mujeres compartimos un vínculo especial producto de la violencia estructural hacia nuestro género, nunca existirá hacia aquellas que perpetúan la opresión desde la institucionalidad y el monopolio de la fuerza. Reiteraremos cuantas veces sea necesario que la paca no es y nunca será una compañera. A esto se le suma el hecho de que, una vez más, Carabineros de Chile ha decidido deliberadamente posicionarse desde la vereda del poder, el que no solamente ha ejercido en forma física, sino también simbólica, negando e invisibilizando a las millones de compañeras que nos manifestamos.

Estos tiempos, cruciales para definir el futuro del país que queremos, son momentos de no soltarnos, de continuar la lucha contra el patriarcado, entendiendo que tenemos un poder de unión que se nos impuso, pero que debemos aprovechar. Propiciar espacios para permitirlo es nuestra labor. Al igual que en años anteriores, sin duda que la huelga feminista nos encamina a paso firme hacia la liberación.

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