La reanudación del fútbol en este Chile

Andy Zepeda Valdés
Asociación de Hinchas Azules

Desde el 18 de octubre de 2019 se ha instalado en nuestro país una máxima que tiene tras de sí la validación de todo un pueblo que ha sido postergado y deprivado por décadas: no volver a la “normalidad” previa a ese 18 de octubre.

En ese contexto de estallido social, que aún está lejos de aplacarse, aunque digan lo contrario, el fútbol, a diferencia de muchas otras actividades, ha tenido un sitial especial. Las hinchadas de prácticamente todos los equipos han sido agentes importantes a la hora de instalar las demandas sociales y luchar por ellas en las calles. Por otra parte, dada la naturaleza social y popular del fútbol, éste se ha constituido como una trinchera desde la cual se grita a todo pulmón que no se puede volver a aquella “normalidad”.

Sin embargo, el fútbol en Chile de a poco está volviendo. Ya se están disputando los duelos por la liguilla de ascenso, están programados los partidos por semifinales del Copa Chile y el regreso del Torneo Nacional 2020 ya tiene fecha inminente de inicio.

En este escenario, las opiniones están divididas y claramente no hay consenso. Sin duda cabe preguntarse: ¿debe volver el fútbol? ¿Ha cambiado algo respecto de las semanas posteriores al estallido social? ¿Se ha ganado algo? Y una pregunta igual de válida sería: ¿por qué, si otras actividades han vuelto a desarrollarse, el fútbol no podría hacer lo mismo? Y es que claro, como corolario: algunas y algunos son partidarios de que el fútbol vuelva y otras y otros sostienen que no están las condiciones para ello.

Desde una perspectiva personal, que en todo caso intenta ser amplia, es decir, que va más allá de la afición por el fútbol en general y del amor por la U en particular, resulta claro que el fútbol no puede volver aún.

“Calles con sangre, canchas sin fútbol” fue la contundente consigna con la que hinchas de Curicó Unido resumieron el sentir de todo el mundo futbolero hacia finales de octubre y comienzos de noviembre. La sangre de decenas de chilenos y chilenas sigue pegada en las calles. Hay casi tres centenares de personas que nunca más podrán ver un partido de fútbol con ambos ojos. Gustavo Gatica y Fabiola Campillay jamás volverán a ver un partido en sus vidas. Cientos, acaso miles de casos de violaciones a los Derechos Humanos siguen impunes, algunos sin siquiera ser investigados. Las y los responsables políticos siguen en sus cargos. Y peor aún, a la fecha de la publicación de esta columna, esas violaciones a los DD.HH. siguen ocurriendo. Volver a jugar es pavimentar el camino a esa obscena normalidad a la que tanta aversión tenemos. “Podemos luchar y alentar a nuestros equipos al mismo tiempo”, sostienen muchos y muchas. Yo me permito dudar.

La “anormalidad”, la tensión, el sostener el orden establecido al borde del abismo para catalizar las crisis (en el sentido real y original de la palabra, que es cercano a “oportunidad”) es fundamental para los movimientos sociales que buscan lograr cambios. No hace falta experticia sociológica para entender que, en la medida de que el polvo se asienta y las cosas vuelven a la normalidad, más complejo se vuelve el tensionar las problemáticas sociales y presionar a quienes ostentan el poder para dar soluciones. La táctica del desgaste es quizá el arma más antigua con la que cuentan los gobernantes para aplacar rebeliones, revueltas, revoluciones, etc. Eso y la fuerza, claro está.

El fútbol no debería ponerse al servicio de esa normalidad. Debería, por el contrario, buscar por todos los medios ser un obstáculo para que esa normalidad nos sea impuesta. En este punto es cuando aparecen enunciados sintomáticos de un pueblo que pareciera no ser capaz de resistir una lucha sin asumir sus costos:

  1. El fútbol puede volver y las hinchadas debemos seguir protestando.
  2. Nadie puede impedir que quienes quieran ver a sus equipos, puedan hacerlo.

Lo primero es de una ingenuidad y una candidez que casi conmueven. Lienzos, cánticos, panfletos y acciones similares rara vez en la historia del fútbol han logrado cambios y esos cambios jamás han sido estructurales. A lo sumo, alguna figuración en medios, pero difícilmente persuadirán a los aristócratas que se han tomado el poder. Solo cuando las protestas rozaron la radicalidad, se lograron cosas. La historia está ahí para constatarla.

Lo segundo es casi un axioma. Es cierto que nadie puede impedirle a alguien más ver a la U si así lo quiere. Lo extraño, lo verdaderamente triste, es que haya gente que no entienda que no se puede volver a jugar en las actuales condiciones porque, tal y como dijimos más arriba, no se ha conseguido nada aún. La ciudadanía debería seguir buscando la permanente tensión de las estructuras que conforman el sistema hasta que a los poderosos no les quede más opción que entregar lo que es justo. Podemos aguantar sin ver a la U, pero no podemos, creo yo, seguir viviendo en un país donde la injusticia y la indignidad son la base del sistema.

Por lo demás, remitiéndonos a lo estrictamente futbolístico:

  • ¿Se aprobó el proyecto de ley que modifica la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas? No. 
  • ¿Se ha logrado que la ANFP incluya en su orgánica a comisiones de hinchas? No.
  • ¿Se ha avanzado en la profesionalización del fútbol femenino? Casi nada.
  • ¿Ya hay sueldos equitativos entre el fútbol femenino y el masculino? No.
  • ¿Ya se solucionó el problema de la tercerización y la precarización de las y los trabajadores del mundo del fútbol? Ni siquiera es tema.
  • ¿Se ha regulado el factoring? No.
  • ¿Alguien ha visto que haya voluntad de legislar sobre el rol que tienen los representantes sobre los jugadores menores de edad? No.
  • ¿Ya se discutió que los dineros del CDF se distribuyan de forma justa? Tampoco.
  • ¿Dónde está el proyecto de ley que regula la aplicación arbitraria del derecho de admisión? En ninguna parte.

A pesar de toda esa injusticia, ¿algunas y algunos quieren volver jugar? Me resulta increíble.

Por todo eso hay que luchar, y al parecer habrá que hacerlo con cánticos y lienzos, porque el regreso del fútbol es inminente. La incompatibilidad de la lucha social y el regreso del fútbol es, desde mi perspectiva, total. Creer lo opuesto es ingenuidad y adoptar la salida fácil. Es anteponer las ganas locas de ver a nuestro equipo (que todas y todos las tenemos) al bien colectivo y mayor de un país mejor.

¿Cuándo debería entonces volver el fútbol? Cuando se vislumbren avances concretos en materia de justicia social y remediales para las injusticias propias del fútbol. Otra cosa es un gol de media cancha por parte del poder.

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