A nosotros mismos

José Ignacio Márquez Salas
Colaborador Asamblea de Hinchas Azules 

La noche del jueves, tímidamente fría, vio cómo la épica volvía a ponerse de nuestro lado. No hubo quien no se emocionara con ese rebote que a la postre nos dio un triunfo que veníamos esperando desde hacía tiempo. Queríamos extender el abrazo previo, ese de la Copa Chile, y declararnos definitivamente listos para la batalla por no descender. Y mandamos un mensaje muy claro: vamos a pelear hasta el final, empujando con fuerza y sin miedo; vamos a aguantar, vamos a pararnos con fuerza y, por supuesto, vamos a estar acompañados de una masa que quiere lo mismo que nosotros. Vamos a sufrir, pero vamos a vencer. Vamos a gritar, vamos a cantar, vamos a saltar para que todos vean y se den cuenta de que no estamos muertos, y de que no vamos a entregar ni un metro más. Despertamos para no volver a quedarnos dormidos. Tenemos la unión, como ese equipo del 99 o la selección de 2015. Tenemos valentía, como cuando solíamos ir por el continente ganando de visitante. Por nuestra orilla corre la fuerza, la fuerza del penal del Pato Mardones, de las estocadas mortales del Matador, de los cabezazos del Bombero, de la zurda de Aredes, de Capanga, de Braulio Musso; somos tanques como Campos. Tenemos fe, como teníamos el 94 allá en El Salvador.

Tenemos ganas de salir adelante, tenemos ganas de recuperar lo que es nuestro y poner la actitud necesaria. Tenemos ganas de dejarlo todo, porque así somos los de la U. Y por supuesto, tenemos a nuestro favor esa masa que alienta cuando más se necesita, que nunca abandona y que enfrenta la vida con optimismo y fe. Esa masa sufrida que se come las uñas, que mira al cielo y pide “una, por favor”. Esa masa que está compuesta de miles de voces diferentes, pero que juntas suenan como una orquesta filarmónica en los tímpanos de propios y ajenos. 

Coincidentemente para quienes caminamos por esta vereda -o quizás porque la U es un reflejo de nuestra rebeldía social, casi una respuesta a todos nuestros deseos de canalizar un sentimiento noble-, el pueblo volvió a hacer suya la épica y sacó la voz. Se cansó el pueblo, señores. Nos aburrimos de que nos sigan robando en nuestras narices y les hemos dicho de todas las formas. Hemos marchado autorizados y no, les hemos hecho saber a través de las redes sociales (el medio de comunicación de nuestra época); pero ustedes, los poderosos controladores de toda esta larga y angosta faja de desigualdades, nos ignoraron y se nos rieron en la cara tal como a los empleados en alguna de sus tantas empresas. Como cuando nos mandaron a hacer vida social en los consultorios esa vez que reclamamos por el estado de la salud pública; como cuando, por lo de las alzas de las verduras, nos mandaron a comprar flores. ¿O ya se les olvidó que salieron millones de personas a reclamar por las pensiones miserables que recibimos todos los meses mientras ustedes se embolsan veinte veces esa cantidad de plata? Entonces hubo que recurrir a tocarles donde les duele. Porque si no les doliera, los mandamases de las principales cadenas de supermercados del país, que por cierto no pertenecen a todos los chilenos, no habrían tenido una reunión con el presidente incluso antes de que este avisara, por dar un ejemplo, que las clases serían suspendidas. Habrá formas de protesta que no gusten a todos, porque no todos somos igualmente intensos para la lucha, pero es indiscutible que se trata de una lucha del pueblo. Lamentablemente, la agresiva respuesta se veía venir y, con esto, el desorden social: policías infiltrados disparando a mansalva, ciudadanos asesinados por la policía y la milicia, y la revuelta delictual, que lo único que logra es poner al pueblo contra sí mismo, satisfaciendo el paladar del poderoso y, a sus ojos, justificando una aún mayor violencia del aparato represor, como si todo lo anterior hubiese sido insuficiente. En ambos frentes, esperemos no decaer, que el pueblo se abrace y que la fuerza nos alcance para seguir remando desde abajo; estamos mostrando los dientes, ahora sí nos estamos volviendo a parecer a nosotros mismos.

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