Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira (parte IV)

Sócrates vistiendo la camiseta de Corinthians

Esta entrada es la cuarta parte de una serie de publicaciones que recorren la biografía de Sócrates. La tercera parte puede ser leída en https://revistaobdulio.org/2018/12/28/socrates-brasileiro-sampaio-de-souza-vieira-de-oliveira-parte-iii/

Un joven Sócrates se enfrenta a una difícil decisión: continuar con el sueño de su infancia de ser médico o dedicarse a jugar al fútbol y poder representar a su país. Siguiendo los consejos de familiares, amigos e hinchas, decidió seguir la carrera de futbolista en vez de ejercer medicina. Una de las razones es que podría ejercerla luego de terminar su carrera como futbolista, pero no puede jugar luego de practicar medicina. También en esos tiempos, la edad era un impedimento importante para un deportista profesional. Otra de las razones era -más banal, quizá- económica: incluso en esos tiempos, lo que ganaba un futbolista podía ser diez veces más que lo que ganaba un médico -que no era una fortuna-, y le permitía evitar los turnos de noche. En ningún caso, eso sí, el sueldo de un médico recién titulado era algo que no permitiera vivir, y tener las posibilidades de llegar a esas sumas es fruto de la mantención y reproducción de la élite que se da en la mayoría de las sociedades actuales.

Para poder cumplir el sueño de ponerse la camiseta de Brasil, era necesario salir de Ribeirão Preto hacia uno de los clubes de la capital, y Sócrates había dejado en claro a Botafogo que quería partir y que iba a aceptar cualquier oferta de clubes grandes. Botafogo  se acercó al São Paulo FC y acordaron un precontrato a espaldas del jugador. Problemas económicos de los segundos terminaron separando a ambos equipos. Estas circunstancias permitieron que Corinthians realizara una oferta incontestable por el pase del jugador. Incontestable para el club, pues eran cerca de 400 mil dólares de la época, muchísimo dinero para una transferencia dentro de un país sudamericano.

Sócrates, fiel a lo que había dicho, aceptó la primera oferta que tuvo del Corinthians, la que consistía en un sueldo levemente superior a lo que ganaba en Botafogo. Parecería una mejora, pero el costo de vida de la capital y tener que pagar arriendo -en Ribeirão Preto vivía en una casa prestada- harían que sus condiciones empeoraran. Los montos que se transferían de club a club por conceptos de compra de pase eran mucho más cuantiosos que lo que finalmente recibiría el trabajador como su salario, dejando en claro que la preocupación de los equipos no siempre es el bienestar de las personas involucradas en ellos, y es una razón más para que sean éstas y no los grupos empresariales, quienes se hagan cargo de los clubes. Son las personas las que realmente pueden darle sentido social a las organizaciones. Este caso puede presentar, además, una crítica a la forma en que se manejaban los clubes en la época y un llamado de atención a las futuras organizaciones de hinchas a tener en cuenta el rol de trabajador y remunerarlo de manera justa.

Pese a lo que se pueda pensar dada la importante y reconocida historia entre ambos, la relación entre Sócrates y el Corinthians no fue de amor desde el inicio. El jugador, fiel a su estilo, pensaba en su nuevo club simplemente como su empleador y no estaba dispuesto a transar sus derechos como trabajador. De hecho, se tomaba tan poco en serio las rivalidades tradicionales propias del folclor del fútbol que durante la conferencia de prensa de su presentación, y como respuesta a la pregunta sobre si era hincha de Corinthians, respondió que no, que en realidad desde pequeño era hincha de Santos, otro equipo grande del estado de São Paulo. Ante la insistencia -y consejo- de los periodistas, agregó que eso era parte del pasado y que desde ese momento apoyaría al Corinthians. En Ribeirão Preto, mientras tanto, los hinchas de Botafogo estaban furiosos tras la venta de su principal figura. Y el tiempo terminaría encontrándoles la razón: sin Sócrates, se demoraron 23 años en poder pelear nuevamente un campeonato.

Corinthians era -y es- uno de los clubes más grandes de Brasil. Su nombre viene del Corinthian FC, un equipo de ingleses que había estado de gira en Brasil en los primeros años del siglo XX. En toda Latinoamérica, los criollos, intentando copiar las tradiciones de los colonos ingleses, fundaron clubes de football -sería fútbol recién a mediados de siglo- con nombres en inglés que mantuvieran, al menos en apariencia, la condición de élite de sus fundadores. El Corinthians brasileño, en cambio, fue fundado por trabajadores de fábrica, zapateros, pintores, choferes. Como el fútbol en esos tiempos era un deporte de élite, los esclavos afrodescendientes y la población pobre que migraba del norte a las grandes ciudades encontraron en el Corinthians un espacio donde sentirse incluidos en torno a un deporte que comenzaba a popularizarse a pasos agigantados. Es desde aquí, desde sus orígenes, que el club quedó identificado por siempre con las clases populares de São Paulo y, por qué no, de Brasil.

Era ahora Corinthians, el equipo de las clases populares, el encargado de hacer andar al Magrao, ese médico flaco que además jugaba bien al fútbol. Ni sus compañeros ni los entrenadores sabían cómo tratarlo al principio, pues su fama de médico no se había quedado en Ribeirão Preto, y ésta provocaba que el técnico lo separara del grupo para hablarle en portugués formal y luego dirigirse de forma más coloquial al resto del equipo.

Sócrates viviendo como vivió y como murió

En São Paulo tuvieron que adaptarse también a su forma de vida, a las resacas cada noche de partido y a que no entrenara el día después de éstos. También el camarín tuvo que acostumbrarse a su honestidad y a que muchas veces declarara en contra de los intereses del equipo si así lo sentía. Esto llegó al nivel de que a veces los árbitros le pedían su opinión en situaciones dudosas, pues sabían que iba a decir lo que le parecía sin tratar de sacar ventaja. Muestra de esta relación de respeto con los árbitros es que nunca fue expulsado en su carrera. Una relación tan cercana con el cuerpo arbitral era algo que un malandro nunca habría podido concebir.

Lo claro es que Sócrates no era un malandro. El malandro, como lo define Simon Kuper en “Fútbol contra el enemigo”, es una figura del folklore brasileño que no se rige por las reglas y se cree, por tanto, completamente libre. Está asociado con los estratos bajos de la sociedad, donde puede utilizar sus artimañas para acceder a posiciones ajenas a su clase o para cometer delitos y escapar de la policía. Estos trucos pueden ser traspasados, según la tradición popular, al fútbol, y se dice que el típico fútbol brasileño (de regates, fintas, engaños y lujos) fue jugado por malandros: Pelé, Garrincha, Didí, Romario o Jairzinho. La diferencia entre el tipo de juego del malandro clásico y el de Sócrates, por tanto, podría incluso tener base en la diferencia de clase entre ellos.

La vida nocturna, la bohemia y las constantes infidelidades a la madre de su hija, fueron una constante en la vida de Sócrates en Ribeirão Preto, donde era la máxima estrella y podía salirse con la suya. En São Paulo se mantuvo fiel a la noche y a su forma de ser; su nivel de juego lo acompañó: 25 goles en 52 partidos de su primera temporada lo catapultaron a ser considerado una de las máximas estrellas ya no de su estado, sino que del país entero. El llamado a la selección nacional y cumplir uno de sus sueños estaba muy cerca.

Esta entrada es la cuarta parte de una serie de publicaciones que recorren la biografía de Sócrates. La quinta parte puede ser leída en https://revistaobdulio.org/2019/02/24/socrates-brasileiro-sampaio-de-souza-vieira-de-oliveira-parte-v/

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