Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira (parte II)

Sócrates vestido con uniforme de médico durante sus estudios universitarios

Segunda parte de la vida de un hombre que redefinió la lucha política en el deporte. Esta entrega cubre sus primeros años en el profesionalismo y su formación como jugador.

Esta entrada es la segunda parte de una serie de publicaciones que recorren la biografía de Sócrates. La primera parte puede ser leída en https://revistaobdulio.org/2018/12/04/socrates-brasileiro-sampaio-de-souza-vieira-de-oliveira-parte-i/

El inicio de los 70 fue una época extraña en Brasil. La dictadura militar llevaba varios años -había comenzado en 1964-, y un cambio tan brusco, evidentemente, ya había dejado huella en la forma de vida de los brasileños. Todavía se mantenían costumbres de la gente que había vivido toda su vida en democracia y esto era visto por el gobierno de facto como un problema. En particular, era necesario generar un cambio sobre las clases populares y uno de los puntos que podía tener gran influencia en dicho sector era el fútbol. El fútbol porque era un espacio de resistencia y de democracia, y un lugar en el que el pueblo se reunía en torno a un interés común. También trascendía -y trasciende-, muchas veces, clases sociales. Brasil venía de ganar tres mundiales en los últimos quince años y el pueblo brasileño sentía que, pese a que el deporte se había inventado en Inglaterra, ellos habían alcanzado su verdadera esencia con su forma de juego. Era un orgullo nacional, no cabe duda, y parte importante de la idiosincrasia de las clases populares brasileñas. En algunas salas de parto, por ejemplo, se colgaban (y cuelgan, pues todavía sucede) las banderas del club favorito familiar y se ponía en altavoces su himno para que la primera interacción del recién nacido con el mundo fuera la identidad de ese club. La idea militar, entonces, era intervenir al fútbol y cambiar su estilo de juego a uno más ordenado, para así tratar de llevar dicho orden a las distintas esferas de la sociedad a través de un futuro éxito en competencias deportivas internacionales. Brasil volvería a ganar un mundial recién 24 años después.

Para Sócrates, el principio de la década de los 70 también fue una época convulsionada. Ya había firmado su primer contrato profesional con el Botafogo y, cumpliendo su sueño, entró a estudiar medicina a la Universidad de São Paulo de Ribeirão Preto en 1972. Ahora, siendo universitario, tenía todavía más razones para no dedicarle tiempo a los entrenamientos. De hecho, casi no iba a entrenar, a menos que éstos estuvieran directamente relacionados con jugar al fútbol -entrenamientos de jugadas o partidos de titulares contra reservas-. Por otro lado, era también problemático mantener el ritmo requerido a un universitario con el fútbol profesional, y, cuentan sus compañeros, siempre se lo veía con libros tanto en concentraciones como en camarines. Tenía trato especial por parte de sus entrenadores -quienes le permitían no entrenar y aún así jugar de titular- y de sus profesores, los que muchas veces reordenaban clases o pruebas para que pudiera cumplir con ambas responsabilidades. Ellos -los profesores- eran futboleros como casi todo el país y sentían como un orgullo tener a un jugador de la talla de Sócrates en sus clases. Es probable, eso sí, que la razón por la que haya podido mantener esos privilegios era porque Botafogo competía bien y ganaba.

Su reticencia al entrenamiento moldeó su físico, como era de esperar: baja masa muscular, poca resistencia a esfuerzos prolongados y una velocidad máxima bastante mediocre. A esto se sumaban su altura y sus pies pequeños (calzaba 38 ½, algo increíble para una persona de 1.92 de altura). El total era, entonces, un cuerpo poco dado al fútbol y al deporte en general. Según él mismo, su forma de jugar se vio muy influenciada por sus limitantes físicas. Sabía que el juego de regates, que tan bien le funcionaban en el futsal (fútbol sala, muy común en Brasil), no tendría la misma efectividad en una cancha tan grande como la del fútbol común y corriente, pues los defensas, que quedaban en el camino en el primer escenario, podían recuperarse y enfrentarlo dos o tres veces en el segundo caso. Así, se vio obligado a jugar de primera y que fuera la pelota la que corriera. Con el tiempo, fue desarrollando su capacidad de juego a un toque no solo con la parte interna de sus pies, sino que también con la cabeza, el taco, la espalda o lo que pudiera ponerse en contacto con el balón. Lo importante seguía siendo lo mismo: que la pelota fuera la que se moviera, no él, y evitar cualquier tipo de roce físico.

Un sócrates joven jugando por el Botafogo

El físico -es decir, la forma y capacidades de los cuerpos- es una de las dimensiones que moldean la forma de juego de un territorio -tanto clubes como naciones caben en la definición de territorio-. No podría ser de otro modo; el deporte en general, y el fútbol en particular, no existen sin el cuerpo siendo intermediario entre el mundo interno y externo, y sus capacidades, evidentemente, limitan las opciones existentes. No obstante, hay más restricciones que el cuerpo físico, y otro de estos aspectos es también mencionado por un Sócrates de mayor edad: la forma de vida de los pueblos. El fútbol brasileño, para él, era una expresión de cómo vivían el día a día: alegre, en movimiento, como una especie de capoeira. También esta alegría se podía interpretar como impredecibilidad, lo que, para él, era parte del rechazo de la sociedad brasileña al orden estricto y al exceso de uniformidad.

El fútbol, decíamos, era parte de la consciencia nacional y popular. Él, dados sus orígenes y condiciones de desarrollo, no podía compartirla completamente. En camarines siempre se sentaba en una esquina, lejos del resto del grupo, como si no fuera parte. De una u otra forma no era tan parte de ese grupo de mulatos pobres y sin más oportunidades que jugar al fútbol. Ellos, cuando miraban a la esquina que él ocupaba, veían a un chico alto y de una rara melena negra. Se escuchaba distinto, también; la universidad no había pasado en vano, y el mundo que se le abría todos los días se mantenía cerrado y oculto para muchos de sus compañeros. Además, era tímido. Probablemente los libros hayan sido una especie de coraza, una excusa para no tener que intervenir mucho. Hubo dos factores que lograron romper esa timidez. Uno, el fútbol. Sí, era retraído en camarines, pero al entrar a una cancha se transformaba, y su voz de mando aparecía, haciendo jugar al equipo a su alrededor y de la forma que a él le acomodaba. Sus compañeros cuentan que se hicieron mejores jugadores gracias a él y su capacidad de hacer lo impensado.

El segundo factor fue uno que comenzó a gestarse incluso antes de sus años universitarios y lo acompañó hasta el fin de sus días: la bebida.

Esta entrada es la primera parte de una serie de publicaciones que recorren la biografía de Sócrates. La tercera parte puede ser leída en https://revistaobdulio.org/2018/12/28/socrates-brasileiro-sampaio-de-souza-vieira-de-oliveira-parte-iii/

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